Las avenidas y bulevares de París respiran cine en estado puro. Al pasear por sus ostentosas aceras, atestadas de turistas y de algún altivo parisino de mirada desdeñosa y con la Tour Eiffel como telón de fondo, uno se siente en el rodaje de la comedia romántica de la temporada. O tal vez en el escenario de la última entrega de la saga Bourne si nos aventuramos a usar el coche como medio de transporte.
Desde los albores del cinematógrafo, la Ciudad de la Luz ha sido protagonista de toda suerte de metrajes, aunque si un género destaca sobre el resto, éste es sin duda el Romance. París ha sido testigo privilegiado de historias de amor clásico, moderno y por supuesto, contemporáneo. Las escenas parisinas de amor entre Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en Casablanca (1942) y su mítica frase de «Siempre nos quedará París» son ya parte de nuestro imaginario colectivo como lo es el juego del gato y el ratón por los rincones más carismáticos de París entre Audrey Hepburn y Cary Grant en su Charada (1963).
Sin embargo, para muestra de amor en su máxima expresión, la inmensa secuencia a través del Sena entre Julie Délpy e Ethan Hawke en Antes del atardecer (2004) a bordo de uno de los legendarios Bâteau-Mouche. Las últimas dos décadas nos han dejado un sinfín de títulos románticos franceses ambientados en la capital del amour en los que Audrey Tautou es la eterna heroína. Si Amelie (2001) cambió nuestras vidas desde el corazón de Montmartre, invitándonos a hacer pequeños gestos por nuestros semejantes, Juntos, nada más (2007) basada en la fascinante novela de Anna Gavalda, nos invitó a creer en la fuerza del amor en todas sus manifestaciones desde una impresionante propiedad señorial de plafones altos, ilustres alcobas y vetusto parqué. Más recientemente, La delicadeza (2011) nos conmovía con esta particular interpretación contemporánea de La bella y la bestia con clímax emotivo con la Tour Eiffel como decorado de lujo incluido.
No obstante, París no escapa al drama existencial de pequeños y mayores como atestiguan El erizo (2008) y Midnight in Paris (2011) respectivamente. Desde la Rue de Grenelle, una de las calles de más postín de la capital gala, la adolescente Paloma renegaba de la raza humana mientras un redimido Owen Wilson vagaba por Le Marais en busca de sí mismo de la mano de Woody Allen.
Pero en la Ciudad de la Luz también tiene cabida la Música. El mítico cabaret Moulin Rouge es ya cita obligada de todo turista que se precie y su musical llevado a la gran pantalla por el inconfundible Baz Luhrmann es una de las películas más vistas de la historia del cine. Culpables de ello son Nicole Kidman y Ewan McGregor por deleitarnos con sus voces en este pomposo viaje al París de 1900, con la pugna entre el lujo y la bohemia en plena ebullición.
Las calles de París son acción trepidante y no en vano en ellas se han rodado algunas de las persecuciones más vibrantes del séptimo arte como son la aclamada El caso Bourne (2002) o la mediática adaptación cinematográfica de El código Da Vinci (2006), en la que Tom Hanks y Audrey Tautou huyen de la policía francesa con virajes imposibles a bordo de un Smart. Además, la cinta basada en el best-seller de Dan Brown se recrea en los lugares más afamados de la urbe francesa, encumbrando especialmente el Museo del Louvre y su pirámide invertida como punto de partida y de final de la trama.
Tampoco podemos olvidar Intocable (2011), la cinta de habla no inglesa más vista del celuloide que nos arrebataba ya estruendosas carcajadas desde su inicio con una secuencia de velocidad vertiginosa seguida de una persecución policial por los aledaños parisinos. Pero París es también gastronomía y no se me ocurre mejor homenaje a la cuisine française que Ratatouille (2007). Pixar se superó con esta oscarizada cinta de animación que narra las aventuras y desventuras de Rémy, un ratón que sueña con ser chef en uno de los restaurantes más prestigiosos de París. Nuevamente con la Tour Eiffel como telón de fondo, Rémy nos guiará en un viaje entre fogones por las recetas más reputadas de la gastronomía gala.
París es por tanto cine en su más pura esencia y sus avenidas y bulevares a buen seguro continuarán siendo escenario y fuente de inspiración, año tras año, de cintas de todo género y procedencia. Porque siempre nos quedará París.