Cuando uno visiona un cortometraje, un documental, o una película, se enfrenta a la suavidad de un producto acabado tras un proceso de creación y desarrollo del que quizá puede llegar a imaginar algo, pero del que rara vez intuye la dificultad que ha embarcado. Algo parecido a lo que pasa con el fútbol: el aficionado aplaude los goles y las jugadas de bella factura en los abarrotados estadios, pero no es lo habitual verle en los entrenamientos apreciando o dando valor a las correcciones tácticas del día a día. Y es natural que así sea, pues el espectador está llamado al disfrute de una obra, y no al apoyo de la generación de la misma. No sería lo justo exigir tal cosa.
Pero más allá de las realidades que no se pueden demandar a quien presencia un espectáculo, detrás del mismo, existe un cúmulo de circunstancias repletas de factores que se alternan y coexisten en el tiempo, de los cuales nace la armonía final consecuencia del trabajo que supone el hacer que encajen y respondan al papel que de manera natural les es asignado. Cada uno de estos factores presentes en la producción de una obra audiovisual está representado por un elemento que es pieza clave e imprescindible a la hora de poder llevar a cabo el propósito creativo de unos pocos (a veces uno), estando en las manos de otros tantos que les superan en cantidad pero no siempre en ganas o esfuerzo.
El guionista
Esta es la piedra angular de todo sueño cinematográfico, y salvo notorios casos de renombre, suele ser la más olvidada y la que menos voto tiene. De hecho, en mi memoria quedará grabado el que durante mis estudios de experto en guión cinematográfico descubriese que el guionista es considerado «el pariente pobre del cine».
Como antes he mencionado, salvo excepciones que casi todos conocemos, los guionistas cumplen la función de ser un nombre al que pocos ponen cara, ya que lo habitual es que el reconocimiento por la obra se lo lleve el director. Comprensible, quizás, en el aspecto de que el guión es «sólo» la semilla y es el director quien se encarga de que germine y de su correcto florecimiento, pero no deja de ser irónico el que la persona que crea la idea fundamental de un proyecto pase a un tercer plano durante la consecución de éste mismo.
El director
Sin duda es la persona al mando. Lógicamente tiene más peso o poder la productora que le encomienda la tarea a realizar, pero como al antiguo Leviatán, se le cede el control y en él recae la responsabilidad de hacer cumplir las leyes artísticas requeridas.
Puede coincidir que además de dirigir también sea el artífice del guión, y cuando se da, es una circunstancia positiva, ya que se evitan atropellos sobre obras ajenas (*consúltese el caso de Asesinos natos).
Sobre el director recae la tarea de motivar y hacer que fluya la marea que componen todos aquellos que participan delante y detrás de la cámara, y también la de ser la bisagra que une lo que manda la productora con lo que ésta misma le ofrece para trabajar. Debe acostarse con el enemigo y enemistarse con sus aliados, y a su vez, hacer que reine la paz a fin de ganar esa batalla. En definitiva, hacer que gire el huracán en el rumbo adecuado mientras desempeña sus labores creativas. Es importante que sea consciente de que sin quienes le rodean, su obra es inviable y no verá la luz bajo su firma.
Los actores
La auténtica fachada del éxito o del fracaso. La verdadera fama o el estrépito hacia el anonimato. Las actrices y los actores son el elemento más puramente visual de una obra y son muy conscientes de ello. Por un lado, tienen ese carácter prescindible e intercambiable; donde ahora hay uno, puede haber otro (y eso es así). Hay más personas que proyectos a ser realizados, por lo que es una obviedad el que todos tienen su reemplazo. Pero sin embargo, como en el amor, tienen el pequeño pero peligroso poder de destruirte. Son quienes marcan la pauta. Quienes marcan la popularidad de un estreno. Las pinturas que se plasman en el lienzo o que hacen que éste todavía no esté completo. Hitchcock consideraba que el trato hacia ese gremio debía ser el mismo que se tiene con las piezas de ganado, considerándoles poco más que marionetas al servicio de una obra. No lo creo así, pues a pesar de que siguen un guión, y que cumplen un papel determinado, tienen ese factor humano imprevisible que aporta un carácter especial en aquello que se muestra. Cantidad de películas simplemente «buenas» han sido excelentes por actuaciones estelares de sus protagonistas. Sería un error el pasar a infravalorarlos.
Como parte negativa quizá está su ego y el olvidar que se deben a un conjunto, y que si bien pueden cobrar más o menos protagonismo, deben responder con sacrificio sin olvidar que sólo son la parte y nunca el todo, y que no es a ellos a quien le corresponde decidir cómo son y cómo se hacen las cosas. No son los creativos.
Los técnicos
Plenamente desconocidos, y sin embargo los más profesionales. Conocen su función y la llevan a cabo con profesionalidad sin tan siquiera plantearse el querer entrometerse en otra labor que no sea la suya.
Probablemente sin su presencia el desequilibrio sería tal que hacer cine terminaría por convertirse en participar de una orgía consistente en bucear en una sauna al son de Jimi Hendrix mientras todos fuman y abusan de sustancias psicodélicas a la par que se divaga acerca del devenir de la vida y el fatum de la muerte.
La productora
Es la nave nodriza y quien provee de instrumentos para la realizacón de aquello que se persigue. Si bien su papel no ha de ser intrusivo, sí que ha de adoptar una actitud vigilante. Cuida de la inversión y pone orden. En definitiva, es quien tiene que marcar los límites de actuación entre aquellos que forman parte del proyecto.
Y por último, el público
La tarea del público, como ya se ha dicho anteriormente, es la de disfrutar, aplaudir o lanzar pestes. Al fin y al cabo es el que paga por lo que tiene en frente y el que invierte tiempo y presencia frente a la obra.
Hay quien cree que es el destinario de la misma, y hay quien opina que es solamente quien se digna a verla. Eso ya depende de los diferentes criterios creativos. Personalmente, opino que el valor de una obra se mide por la calidad de su público. Si éste es intelectualmente pobre, es porque lo que se ofrece llama a la pobreza de pensamiento. Por lo que secundo la creencia de que no es destinatario sino consecuencia. Al fin y al cabo, el público es, en definitiva, el reflejo de aquello en lo que se ha trabajado con mayor o menor éxito.