Este año se cumplirán 40 años del golpe de estado que permitió el control de Chile por parte de Augusto Pinochet. También este año se celebra el 25º aniversario de un hecho poco conocido: la celebración del plebiscito o referéndum que puso fin a su gobierno. De cómo se fraguó la campaña publicitaria y propagandística que consiguió que el pueblo chileno dijera ‘no’ al dictador es de lo que habla esta película, la primera que el país consigue colocar en la terna final de las nominadas al Oscar en lengua extranjera.
NO pone la guinda a la trilogía creada por el director Pablo Larraín, tras las premiadas Tony Manero y Post mortem, ambas ambientadas en pleno golpe militar o en los años inmediatamente posteriores. Con su última película, se centra en un suceso concreto. “Como realizador, uno busca materiales interesantes. Este, además, cuenta una historia poco conocida, real, que cambió el destino de nuestras sociedades”.
La película, fraguada hace cinco años, dos de los cuales se han dedicado a la investigación, en base a entrevistas con historiadores y con los protagonistas del momento histórico, cuenta un mensaje, según el director, único, pero exportable a cualquier sociedad. “Pasó en Chile, pero su calado es internacional”, afirma.
Encarnando al publicista y realizador que toma las riendas de la campaña que pretende conseguir ese no a Pinochet, René Saavedra, se encuentra el actor mexicano Gael García Bernal. Así habla del intérprete el director chileno: “Pensamos en él antes de confeccionar el guión. Me interesa trabajar con actores misteriosos, con capacidad para guiar el relato. En ese sentido, ha sido un privilegio contar con Gael”.
Bernal califica a su personaje de cínico y poco político. “El hecho de ser exiliado le otorga una narrativa distinta al resto de los personajes”. Entre esos otros encontramos a algunos de los rostros ya presentes en las anteriores partes de la trilogía, como Alfredo Castro, Antonia Zegers y Jaime Vadell. Junto a estos, algunos de los participantes reales en la elaboración de la campaña publicitaria que da motivo a la película, y que en ella interpretan, curiosamente, a sus antagonistas, a los que intentaron que la ciudadanía se pronunciase a favor de Pinochet. “Fue idea de Pablo, creo que es una especie de reconciliación personal”, aventura el protagonista.
Una de las características del film es su estética, casi cercana al Súper 8. El director optó por el uso de una cámara de tubos de principios de los 80 para que lo rodado se asemejara al abundante material de archivo empleado en la película. “Queríamos crear una ilusión en el espectador para que no pudiera distinguir la realidad de la ficción, con un estilo casi documental” cuenta Larraín, que también aprovecha para reivindicar la época en la que cada país tenía una cinematografía con identidad, con textura propia. Para él, No también es una pequeña protesta en contra del HD.
Financiada por Fábula, la productora del director, y basada en una obra de teatro corta de Antonio Skármeta (El baile de la victoria), No ha conseguido premios en Cannes y en el Festival de La Habana, además de un buen puñado de críticas positivas y el varapalo de sectores tanto derechistas como izquierdistas del propio Chile. Para Gael García Bernal, lo fundamental es que narra ese momento que permitió que generaciones posteriores de latinoamericanos sintiesen que su voto valía para algo: “Todos los países en los que hemos mostrado la película se han sentido identificados con ella. Creo que invita a preguntarnos en qué lugar nos encontramos en nuestra relación con la democracia”.

