Chile, 1988. La presión internacional obliga al dictador Augusto Pinochet a convocar un plebiscito nacional mediante el que el pueblo opinará si quiere mantenerlo en el poder nueve años más. Gobernantes y oposición contarán con quince minutos diarios para exhibir sus mejores armas. Los miembros de esta última fichan a René Saavedra (Gael García Bernal), avezado publicista, para intentar darle un vuelco a una partida que, de antemano, parece perdida.
Para el director, Pablo Larraín, es esencial revisitar el pasado. Y si es en un momento como el actual, la pertinencia es doble, podría añadirse. No hay mejor época de la historia reciente –ni del año, admitámoslo: la nominación al Oscar ha provocado que estemos hablando de esta película- para hablar de la relevancia del voto, de su utilidad, del peligro de tener un pueblo adormecido.
Como cualquier documento de ficción, no se puede tomar NO como una traslación exacta de lo que ocurrió en aquella época. No obstante, sirve perfectamente para acercarse a una historia poco conocida. El director y el guionista, conscientes de que la Historia en general y sus protagonistas en particular quedan en ridículo continuamente, a veces sin la necesidad de la perspectiva que da el tiempo, han optado por un humor irónico que, a la postre, supone la clave de la película: rodeada de miseria y tragedia, una dictadura puede acabar pareciendo un spot propagandístico desfasado.
La imposición de la autoridad y la democracia acaban siendo reducidas a jingles, a eslóganes, a figurantes disfrazados. Ese inevitable humor se acompaña de un estilo casi documental y un nervioso montaje que convierten al film, además de interesantísimo, en un notable entretenimiento. No hay que dejarse engañar por su supuesta ligereza: hay una concienzuda y delicada labor tras esas dos horas de metraje, un equilibrio perpetuo y un mensaje final ambiguo: ¿puede una victoria ser un rotundo fracaso? En cualquier caso, esta película es lo primero. Por Jesús Blanco

