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El peligroso narcotraficante colombiano Gabriel Cortez (Eduardo Noriega) escapa de los policías en el transcurso de su traslado a una prisión federal. Con una agente como rehén, se dirige a toda velocidad y en un potente coche hacia México. Su cuadrilla particular le aguarda en el único punto sin vigilancia de la frontera, Sommerton Juncton (Arizona), cuyo sheriff, el policía retirado Ray Owens (Arnold Schwarzenegger), no está dispuesto a ver perturbada la tranquilidad del entorno.

Parece inevitable decir, cada vez que se habla de esta película, que se trata del primer papel protagonista de Arnie en diez años. El espectador juzgará si esto es una buena o mala noticia (desde luego, para el equipo del film, viendo el mal funcionamiento en la taquilla estadounidense, se trata del segundo caso). Desde luego, el que tuvo, retuvo, y el actor austriaco, ya sesentón, aún es capaz de pertrechar escenas de acción más que dignas.

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El relato pretende ser crepuscular en la figura de ese ex miembro del Departamento de Policía de Los Angeles que, con demasiada sangre a sus espaldas, molestado en su imperturbable hogar y herido en lo más hondo por la muerte de un joven amigo y admirador, también del Cuerpo, realiza un triunfal aunque agridulce retorno. Esto no es Sin perdón, y Schwarzenegger no es Eastwood (“Mi honor no se vende”, afirma de forma endeble en su tramo final). Tampoco lo pretende, pero no se puede tomar en serio a un film que contiene escenas de western y otras de exhibicionismo automovilístico macarra, al más puro estilo The fast and the furious (A todo gas).

No es ninguna novedad que el ex gobernador de California transmita más con su físico que con su interpretación: solo hay que contemplar la conversación telefónica entre él y Forest Whitaker, un actor siempre cargado de verdad, para comprobar lo bien que está el grandullón callado y soltando tiros.

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Desgraciadamente, la intervención de Whitaker es casi testimonial, como la de nuestro Eduardo Noriega, en un tópico rol de villano hispano en el que, aunque demuestra una perfecta dicción, apenas hace otra cosa que conducir. Vamos, que no es precisamente Bardem en Skyfall.

La última media hora es la parte más gozosa: la trama se olvida de los preámbulos, asume su condición de cinta de acción casi paródica y permite la entrada de golpes de humor realmente efectivos. Cierto es, uno no sabe a ciencia cierta si se ríe con ellos o de ellos. Quizá demasiado clásica para los amantes del género, al menos evitará la somnolencia en cualquier espectador. Aunque sea a base de disparos y explosiones.