Ficción y realidad, frágiles conceptos en el cine, se dan la mano en una nueva película de Peter Weber, en el que será el cuarto metraje del director británico. Tras las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945, el ejército de EEUU se asienta en Japón para decidir qué hacer con un enemigo devastado por las llamas.
El film está inspirado en el verídico encuentro entre Douglas MacArthur, Comandante Supremo de las Fuerzas Alidadas en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y el Emperador Hirohito, por aquel entonces líder de Japón. Los estadounidenses llegaron al Imperio del Sol Naciente para desentrañar la realidad sobre el enemigo, y condenar a muerte o perdonar al máximo representante del país.
Protagonizada por un soberbio y sólido Tommy Lee Jones (en el papel de Douglas MacArthur) y un correcto Matthew Fox (Bonner Fellers), la película gira en torno al concepto del honor, visto desde los prismas asiático y americano. Con un rodaje lento (por momentos recordando al cine oriental) y una fotografía e iluminaciones con presencia ganadora, tiene su toque británico y sobre todo ausencia del norteamericano, en la forma de prescindir de escenas de acción, a priori esperadas por todos.
Con personajes demasiado rígidos y corrientes, Weber quiere mostrar que el honor, la venganza, la paciencia y el cargo de conciencia son conceptos volubles, irregulares, y fáciles de ver desde una posición ajena. El film, tal vez maniqueo, demuestra a un Matthew Fox demasiado bonachón, rodeado de insensibles y ambiciosos compañeros hasta el auténtico momento de la verdad.
Veracidad aparte, afrontar en una película la misteriosa personalidad del Emperador Hirohito, así como su verdadera implicación en la guerra, es un reto complicado. Pese a todo, el director plantea un capítulo olvidado de la Segunda Guerra Mundial, y muestra con calidad los horrores de la guerra, y la facilidad en verte envuelto en un bando al que no sabías que pertenecías.