La historia que nos toca vivir es la que, en gran medida, modela y configura quiénes somos. Cómo canalizamos y gestionamos lo que nos sucede, ese margen en el que se nos permite decidir y actuar, es lo que completa nuestro ser y determina si apostamos por crear el bien o el mal. Sobre esta base planea constantemente la película Dogman, el último trabajo de Luc Besson y, sin duda, una de sus mejores obras en muchos años.

El director de clásicos de la acción y el thriller como El quinto elemento, El profesional (León) o la saga Venganza, nos presenta una película a la vez sombría y llena de luces. Desde el inicio, cada una de sus escenas nos cautiva y, a pesar de la oscuridad del fondo de la trama, la sensibilidad de su protagonista consigue transmitir una extraña calidez.

Dogman es una de esas películas en las que la totalidad de su éxito recaen en el personaje principal y el gran acierto de Besson ha sido contar con la interpretación de un brillante Caleb Landry Jones. Douglas, un peculiar justiciero apartado de la sociedad y refugiado en la compañía de su manada de perros es detenido por un violento choque con una banda de mafiosos. A través de las entrevistas con su psiquiatra en prisión, nos contará las duras vivencias que ha soportado desde la infancia y que le han convertido en quién es y su peculiar relación con los perros, mucho más que simples mascotas para él.

Se convierte así en una profunda reflexión sobre la gestión que realiza el sistema de esas personas rotas y marcadas por el dolor, cómo les abandona a su suerte, sin herramientas para recomponerse, para reaparecer con sorpresa (y miedo) cuando se desencadenan dramáticas situaciones. Quizá por ello, es inevitable establecer ciertas similitudes entre el personaje (y su viaje) de Douglas y el inolvidable Joker de Joaquin Phoenix, a caballo entre la locura y la grandeza.

También comparte ese interés por lo artístico como vía de escape para expresar y soltar sus aflicciones y, en el fondo, tratar de reconectar con alguien entre la multitud que sea capaz de advertir su valor, su singularidad. Es aquí donde la película logra algunos de sus puntos más álgidos, con un maravilloso Caleb encarnando a divas como Marilyn Monroe o Édith Piaf desde la fragilidad de Douglas.

Evidentemente, no se nos escapa la parte animalista del film, con perros y humanos retratados, destacando en los primeros su lado protector y su fidelidad y en algunos de los segundos su brutalidad y egoísmo. Dogman es, en todo su conjunto, una película que te atrapará, te entretendrá y te hará reflexionar. No se puede pedir nada más.