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¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para demostrarle al mundo entero que se equivoca? El científico y aventurero noruego Thor Heyerdahl surcará en balsa 8000 kilómetros a lo largo y ancho del Océano Pacífico, desde Perú a las islas Tuamotus (Polinesia) para demostrarle a la reacia comunidad científica internacional que las civilizaciones en la antigüedad ya eran capaces de llevar a cabo grandes travesías marítimas, y que los primeros pobladores de la Polinesia atravesaron el Pacífico desde Sudamérica, y no desde Asia.

Sin embargo, los cálculos de este intrépido Livingstone noruego no albergarán las innumerables adversidades a las que a él y a sus cinco compañeros de aventura los someterá el todopoderoso Poseidón. Basada en una oscarizada historia real, Kon-Tiki es un viaje atrás en el tiempo hasta 1947, año en que tuvo lugar esta odisea que ahora nos presentan en la gran pantalla los cineastas noruegos Joachim Roenning y Espen Sandberg.

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Pero la cinta no se conforma, como su predecesora (el documental rodado y presentado por el propio Thor Heyerdahl ganador del Oscar en 1952) en narrar esta proeza sino que va más allá tratando de reconstruir el cuadro completo de la historia. Y es en esta segunda lectura de Kon-Tiki donde reside la verdadera intensidad de la película: el viaje interior de sus protagonistas.

A simple vista, nada llevaría a un explorador, un espía militar, un marinero, un héroe de guerra, un etnógrafo y un ingeniero industrial a unirse para lograr tal gesta. Sin embargo, a medida que transcurren los fotogramas, somos testigos de la perfecta sinergia entre todos los tripulantes de la balsa de Tiki. Y es que todos ellos, de un modo u otro necesitan huir de sus fantasmas particulares.

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Además, esta producción noruega, la más cara de la historia de este país con un presupuesto de 16,2 millones de dólares, es un pequeño homenaje al que probablemente sea el aventurero noruego más prolífico hasta la fecha. Con este fin, el montaje efectúa digresiones a la infancia de Thor y a la aventura sin la que no hubiera cobrado sentido la expedición Kon-Tiki: su estancia en la isla de Fatu Hiva, en la Polinesia Francesa.

Son igualmente importantes los diálogos con su mujer Liv para descubrir a un Thor íntimo y convexo alejado de la acción trepidante y envuelto en miedos e inseguridades. Kon-Tiki es la acertada unión de aventura y de viaje interior, de secuencias de máxima tensión y de escenas de reflexión, y por ende, de realidad y de ficción que sin duda permanecerá en las retinas de los espectadores mucho tiempo después de que se cierre el telón.