Hace tiempo que desconfío de los dramas comerciales edulcorados y las “libremente inspiradas” adaptaciones literarias. Con esto, cualquiera puede imaginar las pocas expectativas que tenía depositadas en La ladrona de libros, este diario de Anna Frank 2.0 firmado por Brian Percival e integrado por Geoffrey Rush o Emily Watson, entre otros.
Y es que después de La vida es bella o El niño con el pijama de rayas, volvemos a encontrarnos con otro ejemplo de algo que ya sabíamos: la inocente percepción infantil hacia el nazismo funciona cinematográficamente (en unos casos mejor que en otros). Y si ya conocíamos esto, ¿qué nos puede ofrecer nuevo esta producción?
Es verdaderamente destacable el cambio de enfoque que supone la trama. Acostumbrados a la trágica historia de los judíos y los campos de concentración, La ladrona de libros seduce por la inocente mirada infantil de Liesel Meminger (brillantemente interpretada por Sophie Nélisse), una niña que no comprende lo que está sucediendo y que, sin darse cuenta, otorga humanidad a esos siempre retratados alemanes tan carentes de personalidad como abundantes en maldad.
Y es ella, la pequeña Sophie Nélisse, junto con el destacable trabajo de algunos miembros del reparto, y esa original maravilla que supone la voz en off de la muerte como narradora, en la que se sostiene una historia que no termina de convencer y atrapar. Posee ritmo intermitente, originalidad y luminosidad con una fotografía y banda sonora dignas de destacar.
Recrea algunos de los momentos más importantes y espeluznantes de la historia del nazismo, pero de una manera rehuyente, decidida a mantenerse alejada de toda incomodidad; sin embargo, recurre descaradamente al dramatismo en un difuso giro final tan cargado de cliché como de carcajadas ante lo absurdo del caso. Y, en definitiva, desmerece aún más la producción y a una adaptación literaria que, después de ver esto, poca gente se aventurará en leer.
Algo falla en esta adaptación. Quizás sea la lentitud y la excesiva duración de la producción. Quizás sea ese fallido juego del sentimentalismo o la ausencia de calidez en el guión. Quizás sean todas estas cosas o quizás ninguna de ellas. Quizás fuera el Holocausto, pero de lo que La ladrona de libros nos convence, y hay que darle crédito por ello, es que la humanidad seguía viva por esas calles de la Alemania nazi.