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Que Roman Polanski sea un director de obsesiones, es algo que a pocos sorprenderá a estas alturas. Su fetichismo por las emociones impresas en sus obras es algo que ha reflejado desde el principio de su carrera hasta hoy en día. Pero que estas emociones traspasen la obra y tengan la capacidad de llegar al espectador es algo que se echaba en falta desde hace un tiempo de uno de los grandes directores de la historia del cine.

Alegría de fans, desesperación de detractores, Roman Polanski regresa con fuerza, y lo hace con la que posiblemente sea su producción más emotiva e inteligente desde El pianista, haciéndonos probar en 95 minutos el fruto prohibido y estudiado de La Venus de las pieles. Recuperando el viejo argumento del director desesperado que se aprovecha de una debutante cegada por un papel, Polanski parece dirigirse a sí mismo a través de un personaje autobiográfico.

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Un guión a dos voces brutal cortesía de dos personas esclavizadas dentro de su propia libertad, interpretados magistralmente por Emmanuelle Seigner (Vanda) y Mathieu Amalric (Thomas). Ambos protagonistas no ponen límites y se desafían en un cara a cara al desnudo (y en algún caso hasta literal) donde se desprenden de toda tradición y convencionalismo social.

La Venus de las pieles es un juego. Un juego de (y con) inteligencia entre realidad y ficción, espectador e historia. Una fusión de pasión, amor y obsesión. Teatro en pantalla. Pura y enfermiza ironía de la vida. Continuo desafío a los límites del amor. Simbolismo, identidad, dominación, autobiografía. La Venus de las pieles nos regala una lección moral en las manos de un Polanski puro y en plena forma. Cuando el metraje no interfiere con la calidad de la cinta. Cuando se nos da tanto cine con tan poco a cambio. Cuando menos ya no es más, sino más que más.