Cuando una película te hace perder la noción del tiempo, sólo puede significar dos cosas; O es una muy buena película, o es un tremendo y torturador aburrimiento.
Os anticipo que Martes, después de Navidad, película de Radu Muntean, no es la primera de las dos cosas.
Empezaré con lo bueno que uno puede sacar de esta película del poco desarrollado cine rumano. Mejor quitarnos primero de encima esto, pues va a ser breve. Después de ello ya pasaremos a la verdadera crítica, que tiene sustancia, y mucha.
Como positivo podemos decir que el desempeño de los actores es destacado. Papeles llevados a cabo como si fueran los más veteranos en el campo, y eso es algo verdaderamente digno de aplaudir, sobre todo dado a la escasa profesionalización del sector en Rumanía. Además, la producción, en cuanto a imagen, sonidos y decorados, es más que decente. Con cierto aire a ese detallista cine francés que repara tanto en los pequeños ruidos cotidianos como el de la cafetera, los neumáticos pasando por el asfalto o el hurgar en un bolso en busca de algo.
Y como guiño al director podemos cederle un pequeño punto dado a su “toque de varita” a la hora de ralentizar el tiempo de acción de las escenas para que público y película compartan en armonía el espacio temporal de la trama, sintonizando ambas frecuencias. Pero ahora veremos que es ese pequeño punto para el director lo que condena su bien intencionada película.
Para empezar, en los primeros minutos de película el espectador puede caer en la cuenta de que la manera de desarrollarse la trama, y su enfoque, permite que éste entre en contacto con la intimidad de las escenas, lo cual, durante los primeros minutos, me ha llevado a pensar que era algo casi mágico. El problema es que todo en exceso es malo, y esa intimidad película-público, para desgracia del espectador, dura desde el primer minuto hasta el último.
Y eso no sería malo si la intimidad en la que nos vemos inmersos tuviera su punto interesante, pero es que es la eterna introducción a la historia de lo puramente cotidiano. Con hechos plenamente irrelevantes y colmados de normalidad. Absolutamente monótona, recuerda a una lección magistral del típico tópico de profesor arcaico que ofrece su soporífero discurso a modo de dictado, sin variar en lo más mínimo la tonalidad de su voz y produciendo un terrible efecto somnífero en el alumnado, y ni tan siquiera con una lección digna de semejante proceso.
Es tan desesperante la falta de escenas que sobresalten al espectador, que toda la película podría representarse gráficamente como la simple y llana onda del electrocardiograma de un cadáver. Llega a aburrir tanto cada escena que no se sabe si suplicar el pasar a la siguiente, o el temer hacerlo por verse inmerso en otra pequeña tortura más. Al salir de la sala de cine se tiene la misma sensación que al terminar de hacer la declaración anual de la renta.
El estado de quien visiona la película es exactamente el similar que puede experimentar quien espera pacientemente en la cola del banco que no avanza. Es una auténtica lástima, sobre todo debido a la ya antes mencionada buena actuación de todo el reparto y el trabajo bien hecho, pero definitivamente es el propio guión, o por lo menos la manera de plasmarlo, lo que lleva al film a practicarse un harakiri a cámara lenta.
Lo peor de todo es que ni tan siquiera todo ello conlleva un mensaje original, e inclusive el tema de la película es pobre. Un hombre que ama a dos mujeres, una de las cuales es su esposa, y la otra su amante. Desde luego no se inventa la pólvora con esta producción. Aunque quizá sí podría remarcarse a su favor el hecho de que el protagonista, el hombre que vive entre dos aguas, parece amar a las dos por igual, por lo que elimina todo estereotipo de culpabilidad, remordimientos, y demás, que tanto se suelen introducir en este tipo de películas. Eso sí, corriendo el riesgo de hacer la personalidad del personaje en concreto bastante poco creíble, a menos que se le adjudique todo ello a algún tipo de tara mental.
En resumen, una película que pudo ser más, mucho más. Grandes ingredientes pero pésimo molde y receta. Se echan de menos situaciones de más ingenio o creatividad en los diálogos, o algo que sea capaz de intimidar un poco más a la curiosidad del espectador. Es tan extremadamente realista que da la sensación de observar con cámara oculta la vida de una persona, con la triste noticia además de que esta es aburrida. Al final todo queda en una experiencia que no se aleja demasiado de lo que se puede sentir en un sermón de hora y media en una misa dominical.
Una gran oportunidad de dar un salto de calidad, desaprovechada por un guion que no tiene nada. Transmite lo mismo que la fotografía a una cesta de frutas. Se puede apreciar el “mensaje”, pero este, y la presentación del mismo, no despierta ni el más mínimo ápice de emoción en el público. Y lo que no emociona no gusta, y lo que no gusta, no vende.
Un suicidio cinematográfico en toda regla. Un mal Martes de los que pesan.




