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No es casualidad que Muerte de un ciclista sea una de las películas más aclamadas del cine español. Se la trató de subversiva y altamente peligrosa por la censura franquista; realmente es una película atrevida, con escenas tremendamente tendenciosas para el régimen y con un trasfondo social muy avanzado para la época. Se trata de una película que dispara directamente a la línea de flotación del costumbrismo idealizador propio de los años 50, deja de lado el sueño patrio para adentrarse en el misterioso y al mismo tiempo capcioso mundo del amor.

Los hechos que narra la película sucedían en la vida cotidiana de muchos ciudadanos, pero hasta entonces nadie se atrevió a hacerlo público y mucho menos a mostrarlo abiertamente. El engaño, la codicia y el cinismo es representado excelentemente por el mejor actor de la película: Carlos Casaravilla (con un parecido increíble a Peter Lorre).

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El personaje de Rafael es, en mi opinión, el punto más interesante de la cinta, un hombre que se aprovecha de las circunstancias para obtener el máximo de beneficio. Todos estos temas y sobre todo el de la infidelidad, eran tabúes que debían quedarse en el privado círculo individual. Hay que puntualizar también que la generación que retrata la película es de clase muy acomodada; se puede tomar la libertad de trabajar poco y divertirse mucho.

Las división social se encuentra muy bien definida: el ciclista representa la clase baja, trabajadora, mientras que Juan, el protagonista, representa una clase intermedia tirando a alta. No estoy de acuerdo con la afirmación de que Juan forma parte de la clase media española de antes. Quien dice esto desconoce completamente los estratos sociales de los años 50.

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La influencia dentro de los negocios se retrata de manera muy acertada, y la culpabilidad se materializa en un Alberto Closas errático y sin demasiada empatía. Lucía Bosé no convence en ningún momento de la cinta, sobreactúa y se deja llevar por una dirección de actores que no acaba de satisfacer. El reparto, en general, queda muy por debajo de la trama y del objetivo de la película.

Técnicamente, la película está compuesta por planos muy largos, mantiene a los actores en estos planes para enfatizar sus fantasmas interiores, les recuerda que han cometido un delito y que no lo deben olvidar. El final de la película, con todos los ciclistas circulando por la calle, es una metáfora de lo que sucederá en el futuro. Todos seremos trabajadores, todos estaremos colocados en una clase baja.

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En este sentido, la película es sorprendentemente actual. Me enerva que algunas críticas luchen desaforadamente a favor de la película ondeando la bandera nacionalista como único pretexto. Se trata de una película muy correcta, pero en absoluto perfecta y menos aún se trata de un clásico. Cahiers du cinema no dejó en muy buen lugar a Muerte de un ciclista, en el fondo, podríamos considerarlo como algo normal ya que las circunstancias que llevaron a dirigir esta película están muy alejadas del objetivo con el que se creó la famosa revista francesa. Sin embargo, es paradójico que la película de Vittorio de Sica (El ladrón de bicicletas) sí fuera muy bien acogida por los críticos vecinos.