TOKYO FAMILY

La familia está de moda. Y nunca ha dejado de estarlo. Desde la invención del cinematógrafo, las relaciones familiares han sido el leitmotiv más jugoso llevado a la gran pantalla. A veces elemento central, a veces elemento secundario pero siempre presente en los fotogramas de todo metraje. Y Una familia de Tokio no es la excepción. 60 años después del estreno del clásico de Yasujiro Ozu, Cuentos de Tokio, el cineasta nipón Yôji Yamada rinde un sobrio homenaje a esta obra maestra del cine, dándole un giro contemporáneo pero conservando su más pura esencia original.

El anciano Shukichi Hirayama y su esposa Tomiko, residentes de una pequeña isla japonesa, deciden emprender un viaje a la frenética Tokio para visitar a sus tres hijos, un dispar trío demasiado ajetreado para poder atender a los padres visitantes. Pero el súbito desvanecimiento de Tomiko pronto trastocará todos los esquemas de la familia Hirayama. La cámara dirigida por Yamada seguirá lentamente el periplo de esta anciana pareja por la gran urbe al tiempo que se recreará en sus espacios, jugando con la óptica para denotar la escasa amplitud de las casas de Tokio en contraposición con las espaciosas viviendas de la población natal de la familia.

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La ciudad elegida sede olímpica para 2020 será además testigo y escenario de este choque de trenes generacional pero también de modelos de vida opuestos entre los distintos miembros del clan Hirayama. A un lado del ring, las nuevas generaciones urbanas incapaces de detenerse a disfrutar de los instantes deliciosos de la vida, y al otro, esta apacible pareja de ancianos, extranjeros en su propia capital y en su propia familia.

Será entonces cuando entre en escena Noriko, la novia del hijo menor de los Hirayama para ejercer de árbitro y puente entre las dos generaciones enfrentadas que no comparten nada a excepción de su apellido. A pesar de la alteración de alguno de los arquetipos originales, este remake es una actualización mimada del clásico de Ozu que mantiene las piezas clave del original para la progresión de la trama, lo que no es tarea fácil si tenemos en cuenta que la acción se sitúa en Japón, capital del hermetismo y de la enajenación de los sentimientos.

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Por ello, Yamada debe recurrir a los detalles y a unos caracteres planos pero complejos que no evolucionan pero sí sorprenden. Además, serán ellos mismos a través de sus diálogos banales y cotidianos quienes se vayan desenmascarando recíprocamente los unos a los otros. De este modo, el espectador terminará por descubrir a los verdaderos protagonistas de este cuento moderno en el que sin embargo, lo pasado sigue siendo vigente.

Porque los entresijos familiares trascienden a épocas y culturas. Pero Una familia de Tokio es a su vez un elegante reflejo de la hermética sociedad japonesa a la que no vimos llorar allá por 1945 tras los ataques atómicos en Hiroshima y Nagasaki, y tampoco en 2011 con el desastre de Fukushima precedido de los devastadores terremoto y tsunami. Sólo el alcohol parece ser la única vía de escape de esa introversión patológica que caracteriza a la sociedad nipona, generación tras generación.

Y es ahí donde reside el verdadero mérito del cineasta Yamada pues es capaz de reavivar en 2013 las emociones que nos suscitó Ozu en 1953. Y colorín colorado este cuento de Tokio se ha acabado.