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Ser tan prolífico termina por convertirse en la perdición de un director. Esta sentencia la puedo atribuir única y exclusivamente a mi tan añorado Woody Allen. Con su gran Midnight in Paris consiguió que los incrédulos como un servidor creyesen que su arte aún se mantenía intacto, diferente pero intacto. Creímos que películas altamente débiles como A Roma con amor o Conocerás al hombre de tus sueños, serian el común denominador que seguiría la carrera del director de Brooklyn hasta que decidiese dejar el cine (si es que jamás tiene intención de hacerlo).

Está claro que con Midnight in Paris Allen retozo de nuevo en las mieles de la brillantez, sin embargo, una paloma no hace verano. Allen sigue empecinado en mostrar una realidad social que sólo existe en su mente o, en todo caso, en los lugares por donde suele moverse, pero para el espectador ver cinta tras cinta las penas y miserias de la clase alta, ya sea neoyorkina o barcelonesa, acaba cansando.

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Esta repetición, prácticamente Eliadesca, hace que las cintas del director de Manhattan, aún se parezcan más de lo que ya suelen parecerse de por sí. Solo realizó, como a modo de paréntesis (entre 2004 y 2013) El sueño de Casandra, (una película irregular que gana puntos a medida que se le realizan visionados) donde la austeridad, la falta de recursos son el live motiv para que la trama atesore su nudo y desenlace.

Esta semejanza estilística, se manifiesta, sobre todo, en las últimas cintas de Allen (he mencionado dos, pero podría añadirle, también, Vicky Cristina Barcelona), donde la aparente carencia de diálogos brillantes parece ser sustituida por líneas de guión excesivamente parecidas a la prosa de Scott Fitzgerald, estructuras de guión marcadamente dandianas que se alejan del realismo de las cintas antológicas de Allen que a todos nos vienen a la cabeza.

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No debemos caer en el error de negar que los anteriores filmes del director (estos antológicos de los que hemos hablado) estuviesen formados por personajes de clases altas, sin embargo, tenían un talante (las películas) cercano, realista, entendías que aquello que se contaba en la pantalla podía llegar a suceder. Con las últimas cintas, en cambio, esta proximidad se desvanece, todo parece lejano, y por tanto, la relación con los actores se distancia.

Podemos ver que los esquemas narrativos de todas las cintas de Allen son similares, intenta contraponer la clase alta con la clase baja, pretendiendo jugar con esta dicotomía e intentar que el público deduzca que ambos personajes son iguales, acentúa el dramatismo de uno frente a otro, pero en las últimas cintas queda demasiado evidente que esta diferenciación esta demasiado remarcada.

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Y si bien es cierto que podemos alegar que esta especie de concupiscencia para con las clases alta es sinónimo de critica implícita, no es menos cierto que la comodidad del director con las élites queda de manifiesto en sus últimas películas. Ni siquiera la presencia de la princesa de hielo Cate Blanchett consigue crear emoción en Blue Jasmine, y no lo hace porque no sea la actriz adecuada para el papel, es una actriz demasiado frágil, le falta potencia interpretativa.

La dirección artística erró el disparo. En definitiva, una nueva decepción de Allen. Quizás sería interesante plantearse si es adecuado la realización de un film anual, quizás se trata de un objetivo demasiado arriesgado.