El cortometraje es una buena manera de aventurarse en la realización, en el caso de los directores noveles, y de contar otras historias, con duración más condensada, cuando se trata de veteranos. La poca publicidad que se le da a este formato, casi siempre reducido a festivales, es combatible con proyectos como el de 7 días en La Habana: un conjunto de cortos hilados por un tema común, como suele ser el escenario, y que siempre resulta un experimento curioso.

En esta película se reúnen tantas nacionalidades como formas diferentes de filmar, repartidas en los días de la semana. Rostros conocidos se enfrentan a intérpretes no profesionales. Cada director cuenta con algo menos de 20 minutos para contar su historia. Al finalizar, queda muy claro para el espectador quiénes conocen mejor la capital cubana y también quiénes se desenvuelven con mayor comodidad en el corto.

La semana se inicia con El Yuma, realizado por Benicio del Toro. La historia de un joven actor americano (Josh Hutcherson, Los juegos del hambre) que se traslada a La Habana para realizar un curso de interpretación está contada con la frescura que suele caracterizar el primer trabajo de un actor tras las cámaras. Las confusiones por el choque de los idiomas provocan los mejores momentos cómicos. Destaca el entrañable Vladimir Cruz (inolvidable en el más famoso film cubano, Fresa y chocolate) en su papel de taxista.

Nada más y nada menos que el director serbio Emir Kusturica es el protagonista del siguiente corto, Jam Session, interpretándose a sí mismo. Bajo la batuta de Pablo Trapero, cuenta con una premisa curiosa –un director que viaja a La Habana para ser homenajeado en su festival de cine, pero al que solo preocupa darse al alcohol e huir de las ceremonias- pero no explota todas sus posibilidades. Tampoco brilla especialmente la representación española de Julio Médem en La tentación de Cecilia, una manida historia sobre una joven cantante (deslumbrante Melvis Estévez), dubitativa entre su novio cubano o el empresario que le ofrece la oportunidad del estrellato en España (un acartonado Daniel Brühl). Incluye las obligadas escenas de sexo, sello habitual del director.

Diary of a beginner está dirigido e interpretado por Elia Suleiman, que en la pantalla viaja a Cuba para entrevistar al presidente Castro. Es un trabajo luminoso y revelador, con pocos diálogos: la cámara deja hablar al paisaje, a los transeúntes, a los edificios de la capital, desvelando sus maravillas e incongruencias. Bastante menos sutil resulta Ritual, del francés Gaspar Noé, sobre el exorcimo al que unos padres someten a su hija lesbiana. Es un singular ejercicio de expresividad y contundencia, sin apenas guión ni hilo narrativo, y que acaba resultando insatisfactorio.

Los dos últimos cortos muestran la estampa cubana más auténtica, no en vano uno está realizado por Juan Carlos Tabío (responsable de la ya mencionada Fresa y chocolate, que tiene aquí a otro de sus protagonistas, Jorge Perugorría) y otro emplea actores no profesionales para contar una historia real con la que se topó el director, Laurent Cantet. Dulce amargo es una reformulación de la telenovela, con una estupenda Mirta Ibarra interpretando a una ama de casa que debe enfrentarse a mil avatares diarios, mientras que La fuente es un brillante divertimento sobre una comunidad de vecinos que están construyendo una fuente a una Virgen.

Las historias de los siete cortos se entrecruzan y algunos de sus actores aparecen en varios de ellos, lo cual aporta cierta unidad al llamativo conjunto, una obra recomendable cuyos fallos, que los hay, no hacen sino engrandecer sus aciertos. Por Jesús Blanco