Cada cierto tiempo, la industria cinematográfica se obsesiona por un tema y hace un par de películas que, salvando por el reparto, la dirección y el título, bien podrían ser la misma. Pasó en el ’98, por poner un ejemplo, con Armageddon y Deep Impact como culminación de la obsesión por la destrucción del mundo a base de meteoritos. Y sí, ha vuelto a pasar este año con el ataque terrorista a la tan cinematografiada Casa Blanca, de la que derivan Objetivo: La Casa Blanca y Asalto al poder.
Y es que, siendo sinceros, lo que más perjudica a esta última, además de los errores que pueda tener, es su estreno posterior a la cinta de Antoine Fuqua y su entrada en el ya manido campo de películas sobre catástrofes, que hacen que nos preguntemos qué nos puede ofrecer esta cinta de nuevo que no hayamos visto ya antes.
Acción continua, destrucción masiva, traición continua… Roland Emmerich vuelve a aunar todos estos ingredientes en la misma fórmula que ya pudimos ver en sus Independence Day, El día de mañana o 2012, dando como resultado una película de acción entretenida e incluso buena, no lo niego, pero a la que le falta un largo camino para ser trascendental, épica, más allá de algo que ya pudiéramos esperarnos.
Y quizás, parte de este problema sean los efectos especiales, que siendo el director que es, y contando con la tecnología que contamos, abusa de ellos y no llegan a ser tan espectaculares como se pudiera imaginar en un proyecto así. O quizás las artimañas políticas que describe la película y que no suenan reales. O por qué no, la existencia del muy usado, y en este caso inacabado, cliché del drama familiar y la poca profundidad de algunos personajes.
Ambientada, de una manera muy propicia, en los conflictos en Oriente Medio, la película cuenta con un presidente encarnado por un correcto Jamie Foxx, que tras Django desencadenado no termina de encajar en el papel, y a un Channing Tatum que sorprende gratamente en su papel de héroe espontáneo en el momento y lugar inadecuados. La química existente entre los dos protagonistas así como las interpretaciones de secundarios como Maggie Gyllenhaal o Joey King junto a un buen final contribuyen a que la película no se torne densa en sus más de dos horas de metraje.
La combinación del humor, bueno pero en ciertas ocasiones excesivo, con algunos personajes un tanto exagerados consigue alejarnos un poco del realismo que propone la historia y hace que nos planteemos si en algunos momentos la película puede ser considerada más comedia que acción.
Con crítica de fondo a las acciones estadounidenses, pero no nos engañemos, sin ser una película de crítica social, Asalto al Poder es una de esas perfectas películas para pasar el rato durante dos horas y llenarte del sentimiento patriótico estadounidense propio de la cinematografía de Emmerich, ese que nos hace pensar que cualquiera puede ser un héroe. O que cualquiera parece que puede poner en peligro la seguridad de la Casa Blanca.



