Tras su incursión por el bulevar hollywoodiense con La reina Victoria y salir más que airoso (tres nominaciones a los premios Oscar y una estatuilla obtenida al Mejor Vestuario), el director canadiense Jean-Marc Vallée retorna sobre sus melómanos pasos con Café de Flore, una oda al amor pero también al desamor en la que la música cobra especial protagonismo, ya que ejerce de hilo conductor de la trama, como ya ocurriera en su opera prima, C.R.A.Z.Y.
De hecho, la canción Breath de Pink Floyd, repite como banda sonora de este nuevo proyecto cinematográfico, que logra aunar acción y música con un resultado muy satisfactorio.
Más allá de la musicalidad de la película, Café de Flore es el punto de encuentro entre dos historias separadas por el tiempo y el espacio. En primer lugar, Jacqueline (Vanessa Paradis), madre soltera de Laurent, que padece Síndrome de Dawn, sobrevive con algunas estrecheces en el París de 1962.
Madre e hijo son inseparables e incondicionales hasta que irrumpe en sus vidas Véronique, el alma gemela de Laurent, y los pilares de la vida de Jacqueline se tambalean soberanamente. Al otro lado del Océano Atlántico y en 2011, Antoine, un reputado dj se debate en Montréal entre el amor de su vida, Rose, y la mujer de su vida y madre de sus dos hijas, Carole.
Dos historias ligadas por asuntos del corazón y por la fijación que roza la obsesión de los dos personajes masculinos por la canción que presta su nombre al largometraje. Café de Flore es una brillante introspección por los derroteros de las emociones humanas cuyo timonel no son las palabras sino la música y un montaje mimado al milímetro, pero que sin embargo pierde fuerza a la hora de ligar ambas historias, firmes y compactas por sí solas, pero que al fusionarse, el resultado final es un binomio un tanto renqueante en su epílogo.
Aun así, la cinta de Jean-Marc Vallée conquista su fin último: mantener en vilo al espectador durante todo el transcurso de la película y generar en él una creciente ansiedad por captar los mecanismos de conducta de sus protagonistas y su inesperado desenlace.
Café de Flore es, en palabras de su director, una película obligatoria para los amantes del cine, la música y el amor.


