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Pienso en Caníbal y me viene a la mente la palabra ‘amor’. Amor en su total significado, en sus distintos grados de aceptación y en su absoluto rechazo. Amor fuera de clichés melodramáticos, llevado al extremo, antecesor del perdón y guía hacia la redención. Amor que libera a Carlos de una autocondenada vida rutinaria a su sastrería, a su devoción, y a su impulso hacia el asesinato de mujeres y posterior alimentación de ellas por no dejarse llevar por el deseo natural de poseerlas.

La autoimposición de la soledad dentro de una sociedad en la que se encuentra integrado,  que sólo consigue ser destruida por Nina, germen de la duda y resquebraje en la conciencia del protagonista. La secuencia de apertura ya nos deja entrever lo que Caníbal nos ofrece. Oscura. Absorbente. Calmada intensidad que predomina en esta historia de cine negro con tintes de thriller.

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Pocas palabras camufladas tras la pura sensibilidad con la que es tratada la historia e hilada como del más puro de los trajes por sus personajes y por Manuel Martín Cuenca, su creador. La fragilidad con la que se va relatando la dureza de la historia es tan elegante como lo son las interpretaciones del reparto y de un más que destacable Antonio de la Torre. Y no cae en clichés.

Ni él, ni el director, ni una trama grabada en cortas secuencias que se van hilando poco a poco en la mente del espectador y dejan paso a profundos conflictos morales. Porque esto es lo que consigue la que ya suena como una de las favoritas a los próximos Goya. Ahondar en la condición humana, llevarla al extremo, y salvarla a través de la pura fuerza del amor, sin melodramatismos de por medio. Y quizás Carlos consiga salvarse y redimirse. Quizás no. Pero nosotros, tras verla, sí que habremos conseguido algo que cualquier película debe proponerse: sentir.