Que el título de esta película francesa no os conduzca al error. Es cierto que la inmensa mayoría de trabajos cinematográficos que incluyen la palabra «amor» en su título o en su argumento son comedias románticas en las que alguien se enamora de otro alguien y lucha contra cielo y tierra por estar a su lado. Pero también lo es que un término tan general entraña demasiados conceptos, circunstancias y definiciones como para limitarnos a tal descripción.
En esta ocasión el amor es la base de una pareja de ancianos a los que les cambia la vida bruscamente cuando ella sufre una parálisis en la parte derecha de su cuerpo. Un duro golpe con el que ambos tendrán que combatir hasta el fin de sus días. Una historia conmovedora por sí sola que cuenta con escenas sobrecogedoras que marcará a todos sus espectadores.
Es sorprendente que existan tan pocos directores capaces de enfrentarse a un tema tan cercano e inevitable como la vejez. Pero quizá por eso se agradece tanto el excelente trabajo de Michael Haneke (La cinta blanca, Funny Games), que ha conseguido el reconocimiento internacional con el premio a la mejor película en el Festival de Cannes y la nominación en los cercanos Globos de Oro como mejor película de habla no inglesa.
Amor es toda una explosión de sentimientos que van ligados a una de las etapas de nuestras vidas más complicada. La ternura, el cariño incondicional, la tristeza, el dolor, la impotencia, el orgullo y la vergüenza se entrelazan de una manera magistral y natural.
Para las interpretaciones de los actores no tengo más que alabanzas. Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva forman una pareja formidable que consigue cautivar al público de principio a fin. Nada que reprochar tampoco a una excelente Isabelle Huppert en el papel secundario de la hija que vive su preocupación desde la distancia y la incredulidad.
Únicamente se puede plantear una pega a un film como Amor, aunque hay que reconocer que en algunos casos es inevitable. Y es que a lo largo de la película nos encontramos con algunos altibajos provocados por la falta de ritmo a mitad de la historia y en sus minutos finales, escenas que oscurecen levemente la calidad cinematográfica (y sobre todo humana) del trabajo de Haneke.
Un excelente ejercicio para ayudar a concienciar a todos aquellos que ven el tema de la vejez como algo lejano, como si nunca fuera a formar parte de nuestras vidas. Al fin y al cabo, Amor no es más que un sincero reflejo de lo que ya puede ser el presente para algunos (ya sea sufriendo las dolencias propias de nuestros últimos días, sufriéndolas en la piel de la persona que tanto ha llenado nuestras vidas o descubriéndola en nuestros mayores) y de lo que sin lugar a dudas acabará por convertirse en nuestro futuro.



