El Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de San Sebastián y la apuesta española para la 85ª edición de los Oscar. Así de dulce ha sido el despertar de Blancanieves en la crítica nacional.
La original y atrevida versión del clásico cuento infantil, escrito y dirigido por Pablo Berger, ha llegado a los cines españoles aplaudido en masa por la crítica pero sin arropo en las salas del país, que competía en la taquilla con El artista y la modelo, de Fernando Trueba. Y es que presentar una película muda y en blanco y negro no es que sea arriesgado, sino que puede llegar a ser incluso temerario si, además, tienes la mala suerte de que un tal Michel Hazanavicius, director francés, haya presentado The Artist tan sólo un año antes. Aun así, cabe decir que más allá de las características evidentes que las unen, estos dos largometrajes no tienen mucho más en común.
Pablo Berger, un bilbaíno de 49 años, firma con Blancanieves su segundo largometraje, después de presentar Torremolinos 73 en 2002, y muchos han calificado ya la cinta de obra maestra. Y no es para menos. Un magnífico ejemplo de cómo reinventarse y ofrecer algo nuevo con lo que sorprender a los espectadores, y, además, hacerlo mejor que bien, inmejorable. Blancanieves cuenta la historia que todos conocemos, pero como ninguno nos hubiéramos imaginado. Un homenaje a la cultura española del primer cuarto del siglo XX y apología del arte de la tauromaquia más elegante y menos sangriento, convirtiéndose así en la mejor muestra del cine español que pudiera tener éste de puertas hacia afuera.
Berger imagina una Blancanieves a la española enclaustrada y atormentada sin remedio por la mala malísima de Maribel Verdú, la madrastra, viviendo en un cortijo sevillano de los años 20. Rodeada de enanos, toreros, y demás personajes de circo, Macarena García, premiada con la concha de plata de interpretación en el Festival de Cine de San Sebastián, se pone en la piel de la Blancanieves más dulce y enternecedora, cargada de nobles sentimientos y una amplia sonrisa que ilumina la pantalla entera, a pesar de la tormentosa historia que se forja durante la película, su vida. Ya de niña, la pequeña Blancanieves, interpretada por Sofía Oria, inunda de magia y luz la retina de los espectadores con una calidez y un brillo que bien ha merecido el aplauso unánime a la reveladora actriz.
Una sonrisa que enamora, la de Blancanieves niña y Blancanieves casi adulta, y una Maribel Verdú brillante, insólita y desafiante que encarna a la madrastra de forma inmejorable. Sus gestos, su mirada y su desparpajo en la película llenan todo el escenario, aun sin mediar una sola palabra. Maléfica y calculadora, consigue hacer temer y, a la vez, arranca más de una sonrisa por lo espectacular y sorprendente de su interpretación.
Un argumento sólido y explicado con cautela y mucho entusiasmo que hace las delicias del público más exigente. El logro viene dado, en gran parte, por el mimo con el que están realizados cada una de las escenas de la película, y es que Berger llevaba forjando la historia desde hacía unos cinco años. Se nota, sin ser inmodestamente evidente, el cuidado y respeto con los que Pablo Berger ha querido presentar la luz, las sombras, los colores que no vemos y las sonrisas y llantos que no podemos percibir, consiguiendo un resultado exquisito y enternecedor.
Una película rompedora y con una estética fuerte y romántica, que dará que hablar, y espero que mucho, del cine español, del buen cine español.


