Paradise Is Burning, la segunda película de la directora sueca Mika Gustafson, nos cuenta la historia de tres hermanas menores de edad sin recursos ni nadie que se haga cargo de ellas. La mayor de ellas (Bianca Delbravo), con tan solo 15 años, asume la responsabilidad de hacer lo necesario para que no les falte lo indispensable para vivir. Mientras, intenta encontrar a una adulta que se haga pasar por su madre ante los servicios sociales y evitar así que las separen.

Nos encontramos ante un drama social alejado de sentimentalismos, sin tiempo para la compasión y mostrado de la manera más salvaje. Y este último adjetivo es precisamente el que mejor define a la película, es la clave de su éxito (especialmente en su tramo inicial), pero también de su desgaste en los minutos finales. En algún momento de la historia, esa locura desmedida se pasa de frenada, y lo que nos estaba dejando maravillados pasa a saturarnos como consecuencia del exceso.

Sin duda alguna, lo mejor de Paradise Is Burning es su protagonista principal. La interpretación de Delbravo es todo naturalidad, atrevimiento, libertad y deshinibición. La historia se desmorona al entrar en conexión con una trama paralela, cuando la vida de la adolescente se cruza con la de una mujer «de bien», con dinero, marido y bebé, una de esas vidas aparentemente perfectas que, evidentemente, no lo es tanto.

A pesar del buen trabajo de Ida Engvoll y de un planteamiento muy interesante y necesario, se habría agradecido que se profundizara algo más en esa historia. En lugar de ello, la relación entre ellas acaba por llegar al delirio, llevándolas a una toxicidad mutua que acaba resultando excesiva y exagerada.

Luces y sombras en una película que empieza prometiendo muchísimo, pero que termina por desdibujarse al entrar en las subtramas de sus personajes secundarios, en los que parece perderse por no tener demasiado claro a dónde quiere llegar.