«Un niño, un profesor, un libro y un bolígrafo pueden cambiar el mundo». Ésta no es más que una de las muchas frases que Malala Yousafzai ha propagado por todo el planeta en defensa de los derechos de los más desfavorecidos y, en concreto, del derecho a la educación que toda niña debería tener. Sobre su historia y sobre su causa habla Él me llamó Malala, el documental dirigido por Davis Guggenheim (Una verdad incómoda) que este viernes llega a nuestras salas de cine.

El mundo entero puso su atención en la labor de esta joven activista paquistaní cuando el 9 de octubre de 2012 fue víctima de un atentado por parte de los talibanes, junto a otras compañeras de su misma edad. De forma milagrosa, consiguió sobrevivir a las múltiples heridas de las que todavía hoy en día se recupera desde el exilio en el Reino Unido.

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Pese a algunos problemas de narración que hacen que parezca que se repite constantemente una misma idea, Él me llamó Malala es un correcto documental centrado en el pasado y el presente de la Premio Nobel de la Paz más joven de la historia. El producto final viene a realzar, quizá en alguna ocasión en exceso, la figura simbólica que Malala ha adquirido con el paso de los años, algo sin duda reforzado por la leyenda que planea de manera constante durante toda la trama y que explica por qué «él la llamó Malala». Ese «él» no es otro que su padre, el profesor y también activista Ziauddin Yousafzai, que aparece como complemento indispensable para entender la vida y el carácter de Malala.

Se trata, en definitiva, de un trabajo con el que se nos brinda la oportunidad de conocer a la que seguramente es una de las personas más valientes de lo que llevamos de siglo. Una lección de vida y respeto que demuestra que tanto la lucha incansable y como la capacidad de perdonar son igual de necesarias para cambiar el mundo.