Antes de empezar me gustaría confesarte que no, no he leído la novela de Noah Gordon en la que se basa la película, con lo que me limitaré a hablar de esta obra en el cine y no de su adaptación. Para los que como yo no conocíais la historia os pongo al día. En la Inglaterra del siglo XI un joven curandero decide viajar a Persia en busca del doctor Ibn Sina para aprender todos los secretos de la medicina, una total desconocida en los países de Europa por aquel entonces.
El médico se une a una larga lista de films de aventuras ambientadas en la Edad Media que consiguen trasladarnos sin esfuerzos a una época lejana en la que el desconocimiento y las religiones imperaban sobre la vida de las personas. Esta producción alemana de larga duración (150 minutos) logra mantener atento al espectador en su conjunto, aunque sea imposible no caer en algunos altibajos de ritmo.
A nivel interpretativo, Tom Payne (Dragones y mazmorras) conquista a la cámara de principio a fin y sabe nutrirse de los más que experimentados Ben Kingsley (La invención de Hugo) y Stellan Skarsgård (Thor), sus maestros y guías en la historia y como no es difícil de suponer fuera de ella. El brillante trabajo de los tres actores no solamente resulta convincente, sino que son la base del éxito de la película.
Por su temática y su desarrollo, sobre todo en la segunda parte del film, resulta inevitable compararla con Ágora de Alejandro Amenábar. Diferencias evidentes al margen, ambas películas son una muestra de los malos tiempos que han sufrido históricamente los defensores del conocimiento científico y de cómo el fanatismo religioso supuso un freno para el avance de las sociedades.
El médico se convierte así en una historia de aventuras hecha para ser disfrutada, aunque fácilmente olvidada, y que, con todo, espero que sepa satisfacer a los lectores de uno de los best-sellers más conocidos de la literatura contemporánea.