Polonia, 1962. Mientras la férrea dictadura soviética marca los compases de la nación polaca, Anna (Agata Trzebuchowska), una joven novicia huérfana está a punto de efectuar sus votos y convertirse en monja. Pero antes de llevar a cabo su juramento sagrado, la madre superiora de su convento la insta a visitar a su único familiar vivo: su tía Wanda (Agata Kulesza).
Lo que Anna no sabe es que este encuentro cambiará para siempre las vidas de ambas y será el inicio de un viaje a su pasado familiar más sombrío y desgarrador. El cineasta Pawel Pawlikowski nos propone en Ida, cinta ganadora del premio al Mejor Film en el Festival de Cine de Londres, un periplo por uno de los episodios más oscuros de la historia polaca: la devastadora Segunda Guerra Mundial y su posguerra.
Desde su comienzo y con un sobrio blanco y negro, la cámara va progresivamente introduciéndonos en esta mermada sociedad posbélica en la que todavía reinan las incógnitas y las listas de desaparecidos. Ni el campo ni la ciudad escapan a este halo de tristeza contenida y depresión en el que Anna y Wanda navegan a la deriva, escondiendo por separado sus fantasmas en el armario.
Pero juntas decidirán enfrentarse a sus miedos e ir en busca de respuestas a través de un viaje por carretera a su zona cero particular. Ellas no pueden ser más distintas. Anna está a las puertas de convertirse en monja, mientras que Wanda es una jueza liberal con firme convicción socialista y demasiada inclinación por el alcohol. Sin embargo, la dicotomía entre la monja y la prostituta pronto nos atrapará gracias unas interpretaciones brillantes de las dos féminas y a un guión no exento de fondo.
Los dos personajes no cesan de crecer durante los escasos 80 minutos de duración del film y la cámara termina desnudando a dos mujeres no tan distintas, con el corazón dividido entre sus ideales y sus demonios internos. Ida es complejidad por definición ya que no toma parte en los trágicos sucesos que narra sino que convierte al espectador en juez de los acontecimientos presentados, huyendo así de toda censura política o social.
Además, el largometraje es un canto a la memoria histórica y al derecho universal de conocer la verdad por muy dolorosa y vergonzosa que ésta resulte. El director de My summer of love (2004) se supera con con esta cinta con alma bajo apariencia de road-movie que a buen seguro calará hondo en el interior de sus espectadores, atrapándolos en su atmósfera sugestiva pero sobre todo reflexiva. Porque Ida es una pequeña joya emotiva a tener en cuenta no sólo por su deliciosa forma sino también por su transcendental fondo.