Entre tantas historias cinematográficas centradas en la vida en las aulas, aparece ahora Los buenos profesores, una película francesa en la que el foco no se pone en unos conflictivos alumnos o en un único profesor, sino en todo un colectivo y sus dificultades para poder llevar a cabo la complicada labor de educar a las siguientes generaciones.

Si bien vivimos los hechos de manera más particular desde la perspectiva de Benjamin (Vincent Lacoste), un joven estudiante de doctorado que se inicia en el mundo del profesorado en un instituto de París, poco a poco descubrimos que se trata de un protagonismo compartido con el resto de profesores del centro.

Entre ellos destaca, como la voz de la experiencia, el personaje interpretado por François Cluzet (brillante, como siempre), que supone el apoyo fundamental de todo el grupo. También merece mención especial el que encarna Adèle Exarchopoulos (La vida de Adèle) como la profesora enrollada que sabe cómo ganarse a la clase. Y, por último, el que más consigue conmovernos es sin duda el de la actriz Louise Bourgoin, que ilustra a la perfección lo que ocurre cuando la suma de las circunstancias (personales y laborales) simplemente te sobrepasa.

Los buenos profesores es una radiografía realista, clara y contundente de los retos a los que se enfrentan hoy en día los profesores de la enseñanza pública, con una falta evidente de recursos, tanto económicos como formativos y de acompañamiento, para que puedan ejercer su profesión, que solo se sustenta en lo vocacional, de forma digna.

Una obra que llama a la reflexión, a la vez que entretiene y emociona, y que debería ser de obligado visionado ya no solo para profesores, sino también para cargos de instituciones públicas, para estudiantes (de todas las edades) y sus padres, que en ocasiones se convierten en ese «enemigo» inesperado.