Dando por supuesto que se trata de una película orientada primordialmente al público católico, no es de extrañar que una turba de gente, entre los que se encuentran ateos y agnósticos, piense que se trata de una superproducción en cierto sentido carente de interés, en lo relativo, claro está, al apartado ideológico. Para los creyentes es una película de culto, Cecil B. DeMille nos cuenta los fundamentos del catolicismo. Para los ateos no es otra cosa que una película fantástica al más puro estilo Ray Harryhousen, para los agnósticos es una cinta que se sitúa, de forma equidistante, entre ambos puntos de vista.
La visión crítica de la película como objeto religioso queda anulada automáticamente por la toma de decisiones que llevaron a la producción a convertirse, de forma paradigmática, en un sainete constante en alabanzas a Dios. Desde el inicio de la película se nos confirman ciertos aspectos religiosos del catolicismo que difieren con los del cristianismo: se subraya de forma flagrante la necesidad de una deidad única dejando de lado los politeísmos, por supuesto no se cuestiona otro origen del hombre que no sea por el de la creación, dejando de lado el evolucionismo y, sobre todo, se prescinde de aquello que a los cristianos se les exige, el perdón. Los que participan en la bacanal mueren como castigo divino.
Si bien es cierto que la película habla sobre la libertad, no es menos cierto que es una libertad condicionada a reverenciar un ente evangelizador, por lo tanto, es una libertad a medias: pasan de ser subyugados por el faraón a regirse por las firmes leyes celestiales. Estas no admiten ningún tipo de interpretación, y el castigo al que las incumpla no es otro que el de la muerte. Uno se pregunta entonces, ¿donde está realmente la libertad?
En lo que se refiere a la parte puramente cinematográfica, la película cae en el continuo error de estar constantemente teatralizada, no solo los escenarios, platós, y decorados, sino que incluso los actores caen en el error de sobreactuar. Este error de la sobreactuación debe achacarse, única y exclusivamente al director, que aún se encontraba (sorpresivamente) anclado en la versión muda que él mismo dirigió de la película en 1923, donde tanto las gesticulaciones como la sobreactuación eran la clave dramática ante la falta de los diálogos.
Entonces, no sólo estas sobreactuaciones (la más llamativa la de la gran Anne Baxter), sino también las caracterizaciones excesivamente planas de los actores principales, hacen que la película no consiga en ningún momento emocionar. No llega al corazón. Parece sorprendente la conclusión a la que uno llega cuando ha visto el film un par de veces. La cinta demuestra que están más correctos (mucho más) los actores secundarios que los principales, el mejor ejemplo sería el de Edward G. Robinson.
Desde el inicio de la cinta hasta el final de la misma sigue, de forma continuada y regular, su papel de judío antisemita. Está brillante, lúcido, se le ve involucrado en su papel. La antítesis podría ser Charlton Heston, con una caracterización excesivamente plana en casi todo el metraje, sólo se le ve vida en los ojos en pocas escenas. La dirección de DeMille es grandilocuente, como sus películas, pero queda deslucida a medida en que se aproxima a los personajes. Esto, junto con un guión lleno de frases pomposas, nos demuestra que se trata más de un alegato creacionista que de una película de cine comercial.
Respecto al apartado técnico de la fotografía lo que más impresiona es su Technicolor y, sobretodo un par de planos Caravaggiescos que resultan apabullantes, sobrecogedores. Por otro lado, queda en la retina la parte más impura de la historia, la pavorosa orgía en la falda del monte Sinaí. Mientras Moisés contiene la ira de Dios cuando este escribe sus leyes en piedra, cientos de metros abajo el pueblo libre deja, también, libre su albedrío y su sed de adulterio.
La escena sorprende, pues es rompedora con el continuismo taimado de la película hasta ese momento. Es un momento ecuménico. Por otro lado, uno queda perplejo ante los efectos especiales que se integran en la película. Unos son magníficos (cuando se separan las aguas del mar rojo) y otros son simplemente de risa ( las bolas de fuego), por lo que sorprende que ganara el Oscar a los mejores efectos especiales. En definitiva, se trata de una película larguísima que se deja ver.