Mil maneras de morder el polvo

Vaya alivio. Vaya suspiro tan hondo, tan relajante y tan gratificante. Después de un oasis de comedias mediocres, o recurres a Mel Brooks, o a Edgar Wright, o cambias de rol. El mundo del cine ha tenido que soportar que se llame comedia a Scarie Movie, a Superfumados o Dos tontos muy tontos. Mil maneras de morder el polvo, antes que una comedia, es una película que reivindica el género.

Humor inteligente, ese guionista últimamente desempleado cobra un sueldo jugoso en este film. Seth McFarlane es un genio y en Padre de familia ha dado rienda suelta a una creatividad devastadora. Se pone las botas (de cowboy) y se rodea de actores de primer nivel, de guiños al género, de cameos fantásticos, y sobre todo de Neil Patrick Harris. Momentos estelares de Barney (para los fans de Cómo conocí a vuestra madre) para dar coba a un McFarlane inspirado, dulzón y ácido como las drogas que dice (imposible de creer) no tomar.

Mil maneras de morder el polvo

No había nadie más adecuado para el papel protagonista que su propio director. Nadie es tan gracioso contando chistes como el que se los ha inventado. Destrozando los clichés americanos, desmontando la virilidad de los westerns pero homenajeándolos en la siguiente escena. Incluso durante largos planos de los desiertos, persecuciones con trenes o indios. Nada falta para cubrir de halagos y de críticas un género tan importante en la historia de su cine.

Una comedia nunca gusta a dos de tres, ni hace reír a una pareja al completo. Es el género que ataca al lado más personal del espectador, pero aquí McFarlarne desenfunda su revolver (este paralelismo tenía que hacerlo) para disparar a todos con todo tipo de bromas: desde la más pensada, hasta la más crítica, sin dejar ese toque americano de ‘caca-culo-pedo-pis’. Seth, que te dure mucho el estado de gracia. Porque graciosos hay pocos, pero graciosetes sobran.