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De dónde somos y a dónde queremos ir. Este es el eterno debate al que se enfrentan millones de personas en el mundo. El debate entre la tierra en la que se encuentran tus raíces, todo tu pasado, y la tierra de las oportunidades a la que quieres llegar, en la que te espera un futuro mejor. Este es el crudo fondo social que plantea Mi tierra, el primer trabajo del director Mohamed Hamidi.

Cuando Farid (Tewfik Jallab), un joven francés de origen argelino, tiene que viajar solo por primera vez a Argelia para evitar que derrumben la casa de su familia se encuentra con un país y una forma de vida totalmente diferentes a las que conocía, algo que le cambiará para siempre. El film sabe mostrar a la perfección ese choque tanto de costumbres como de rutinas entre los dos mundos.

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Hamidi sabe utilizar las dosis de humor adecuada para mostrarnos la realidad más dura de unos personajes que anhelan otro destino. No nos es difícil identificar todo tipo de tópicos, desde el sabio al que todos respetan hasta el joven desastre que arrasa con todo su alrededor (un magnífico Jamel Debbouze, conocido por su papel en Amelie), pasando por el dueño del bar del pueblo que se desespera con sus clientes.

Mi tierra quizá peca de una falta de autocrítica por parte del protagonista de lo que es su forma de vida y un exceso de alabanzas al sistema francés y europeo, que se presenta aquí como el paraíso en vida en el que todo es posible y todos los sueños se harán realidad. Que la vida en otro lugar vaya a ser mejor no conlleva que vaya a ser perfecta.

Pero si algo va a conseguir el film es que los que hayáis nacido en un lugar diferente al de vuestros padres os sintáis totalmente identificados con el protagonista, con ese extraño sentimiento de descubrir un mundo tan nuevo como familiar y con la certeza de saber que sin conocerlo forma parte de vuestra vida, pues ese es el origen de vuestra existencia.