Cuatro siglos después de la muerte de William Shakespeare, su legado sigue inspirando a grandes cineastas y enamorando por igual a crítica y público. Este es el caso de la nueva y humilde versión de Mucho ruido y pocas nueces del director Joss Whedon que aprovechó un parón de 10 días antes de la postproducción de Los Vengadores para filmarla en su mansión de California.
¿Y qué podemos esperar de un trabajo realizado en tan poco tiempo y con la colaboración de amigos más acostumbrados a los ritmos televisivos que al mundo del cine? Pues una divertida, entrañable, teatral y muy fiel adaptación de la obra del dramaturgo inglés más famoso del mundo.
Whedon sabe jugar con el contexto mezclando a la perfección un vestuario contemporáneo y sencillo con el blanco y negro y una visión del amor y el matrimonio propia de siglos pasados. La clave está en saber unir todos estos conceptos de manera natural, sin excesos y sin perder la elegancia que requiere cualquier obra shakespeariana.
Puede que Mucho ruido y pocas nueces no cuente con grandes estrellas del cine como en la versión que llevó a la gran pantalla Kenneth Branagh en 1993 con Emma Thompson, Michael Keaton, Denzel Washington o Keanu Reeves, pero gracias a la frescura de todo el elenco interpretativo no tiene nada que envidiarle a su predecesora.
Los protagonistas Amy Acker (La cabaña en el bosque) y Alexis Denisof (Ángel) y todo el grupo de secundarios capitaneados por un divertido Nathan Fillion (Castle) consiguen hacerte reír y emoncionarte a partes iguales con sus disparates, enamoramientos forzados, engaños y líos amorosos. Un delicioso cóctel cinematográfico que no te puedes perder.