Uno se pregunta a veces dónde reside el secreto de una buena película de terror. ¿Se trata de un film de calidad con algunos sustos (La semilla del diablo), de un largometraje que hace del terror constante su valía (El exorcista) o de uno que supera la disreción a partir de los sobresaltos efectivos y las imágenes espeluznantes (The Ring, REC)? Un género tan resbaladizo como este, que es mejor cuanto peor lo hace pasar al espectador, ha mostrado pocos repuntes en los últimos años, algunos de ellos, aunque sea por mera reformulación y por frescura, los han traído los productores de esta misma película, responsables de Paranormal Activity.
Ethan Hawke interpreta a un escritor que convierte los asesinatos más macabros en novelas de éxito. Interesado en el caso de una familia ahorcada en el árbol de su jardín, se traslada con su mujer y sus hijos a la casa en la que aquellos vivieron. El hallazgo de unas cintas de Super-8 en el desván con imágenes sobre ese y otros macabros crímenes será el inicio de una verdadera pesadilla.
Es imposible no resultar manido al resumir la trama de un film que podría haberse llamado «Escritor en crisis, niños muertos y cintas de vídeo». Elementos sobadísimos que solo podrían haber brillado con un enfoque innovador o con una impactante realización. Nada de eso hay aquí. Casi resulta más interesante la trama familiar del protagonista que la historia de horror. Sí hay alguna imagen perturbadora (la repetida estampa de la familia ahorcada, las muertes en la piscina) y también un trabajo muy profesional de Ethan Hawke. Por lo demás, conviene decir que comprobar los precios actuales de las entradas de cine resulta una experiencia más reveladora y aterradora que este visionado.

