Harry Deane (Colin Firth) es un hombre de mente brillante y vida mediocre. Su talento como restaurador de arte se ve empañado por un dictatorial jefe (Alan Rickman) siempre empeñado en humillarle. Como venganza, Harry concibe un enrevesado plan que incluye un cuadro de Monet, 11 millones de libras y una salvaje yanqui (Cameron Diaz).
Se pueden decir muchas cosas de Un plan perfecto (Gambit), o afirmar simplemente que es una película terrible. Esto se puede expresar de diferentes maneras y con matizadas explicaciones, pero al final la conclusión será la misma. Remake de una discreta comedia de 1966 titulada aquí Ladrona por amor, al menos aquella contaba con Shirley MacLaine y Michael Caine.

No es que Firth –poco dotado para la comedia, en cualquier caso- y Diaz no sean dos intérpretes dignos, es que todo el metraje transmite tal sensación de desgana, tal aburrimiento en los trabajos de Alan Rickman y Stanley Tucci, que acumulan aquí sus peores tics, tal planicie en su guión, que uno no llega a entender quién pudo llegar a financiar o a ilusionarse por tan insípido proyecto. Tan solo los flemáticos empleados del hotel consiguen arrancar alguna sonrisa, así como la partitura de Rolfe Kent, semejante a la que creó para Entre copas, hace más digerible el film.
Para terminar, una anécdota que ilustrará a más de uno. En la presentación de Sister Act (Una monja de cuidado), un periodista preguntó a Maggie Smith por qué se había prestado a formar parte de semejante estulticia. Su respuesta fue: “El dinero, querido, el dinero”. Pues eso.
