Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, como es su título original, llegó a los cines en 2001, su director, el francés Jean-Pierre Jeunet que hasta ese momento nos tenía acostumbrados a un cine de lo más tétrico y oscuro, como se puede ver en su otra película de culto Delicatessen o en cualquiera de sus títulos anteriores, en esta ocasión sorprende al mundo entero con una obra que aún a día de hoy sigue siendo una de las películas de habla no inglesa más taquilleras de la historia del cine.
El film se desarrolla en un París en algunas ocasiones más irreal que real y en concreto en el barrio con más encanto e historia de la ciudad, Montmartre, lo que hace que desde un primer momento la estética y el lugar capten inmediatamente la atención del espectador.
Una voz en off que se mantiene a lo largo de toda la cinta, haciendo pequeños resúmenes sobre las personalidades de los disparatados personajes que van apareciendo, comienza contando la infancia de la protagonista, una niña con unos padres y unas circunstancias de lo más peculiares, Amelie, interpretada por Audrey Tautou, que crece y se convierte en una joven de 21 años, introvertida, que vive sola y trabaja como camarera en un pequeño restaurante.
El 30 de agosto de 1997, tras la muerte de Lady Di, la vida de la parisina cambia para siempre y decide, cual santa moderna, entrometerse en la vida de todos los que la rodean para hacer el bien. Así a lo largo del film hay un desfile de personajes como por ejemplo una estanquera hipocondríaca, una portera de edificio anclada en el pasado, un hombre de cristal e incluso un gnomo de jardín y para todos ellos Amelie encuentra una original idea con la que ayudar a mejorar sus vidas.
Como es de suponer en toda esta almibarada historia no puede faltar el clásico, chica conoce a chico y ese chico, Nino, interpretado por Mathieu Kassovitz, es otro alma solitaria, tan parecido a ella que el destino no puede hacer más que juntar sus caminos, aunque para ello se pasen la mitad de la película jugando al escondite y explotando al máximo la falta de razón que producen los flechazos, ya que hasta el momento del esperado beso final, durante los 120 minutos película, los protagonistas no intercambian casi palabra alguna entre ellos. Todo de lo más romántico vaya.
A pesar de lo que pueda parecer y de sus altas dosis de azúcar mantiene una originalidad que consigue que no pueda compararse a ninguna otra película de amor. La mezcla de personajes y sucesos inverosímiles sumada a ese París colorido y acelerado que se muestra con una fotografía casi perfecta y como no la brillante banda sonara creada por Yann Tiersen, hace que sea una gran película, que al terminar de verla lo único que te apetezca sea ser Amelie. Enjoy!