Tras 40 años viviendo en un ático sin ascensor de Brooklyn, Ruth (Diane Keaton) y Alex (Morgan Freeman), un atípico matrimonio acostumbrado a batallar unidos contra los clichés de la sociedad, se enfrentan a la difícil decisión de vender el piso de sus vidas para mudarse a otro lugar más cómodo y adaptado a las necesidades de la más que cercana tercera edad.
La comedia dramática de Richard Loncraine nos trae una mirada mucho más tierna de la vejez de lo que viene siendo habitual en el mundo del cine. La inesperada química entre la pareja de actores protagonista hacen que el film se torne agradable en cada escena. Cada mirada de complicidad y cada gesto de ternura entre Keaton y Freeman se traducen en una sonrisa del espectador, que se dejará llevar por una historia tan sencilla como entrañable.
Ático sin ascensor nos habla, además, de una sociedad en la que lo material trata de imponerse sobre todo valor sentimental, entregando una vida cargada de recuerdos y sueños a una puja sin escrúpulos en la que conviene separar lo económico de lo humano para conseguir la oferta más suculenta.
El toque dramático de la cinta se acentúa con diferentes flashbacks en los que se nos presenta los inicios de una joven y bohemia pareja dispuesta a combatir el racismo y los prejuicios en un tiempo en el que las relaciones interraciales eran rechazadas por la gran mayoría de la sociedad americana. Por su parte, Claire van der Boom y el debutante Korey Jackson interpretan a Ruth y Alex en su juventud y cumplen con la difícil misión de mantener una conexión amorosa llena de magia.
Puede que no se convierta en un film de referencia dentro del género, pero no hay duda de que Ático sin ascensor cumple con su pretensión de mostrar una visión renovada de la vejez y de plantear la pérdida de los valores que realmente importan frente la inmoralidad del mercado capitalista.