7 años han pasado desde que François Girard presentara su última película, Seda, un drama romántico que pese a contar con nombres como Keira Knightley o Alfred Molina en el reparto no logró convencer al público ni a la crítica. Ahora, el director canadiense nos trae El coro, un trabajo que podría haberle servido para reconducir nuevamente su carrera, pero que aun contando con muchos puntos a su favor satisface sin maravillar.
Desde un principio, la trama nos plantea algo que ya nos han contado demasiadas veces. Nuestro protagonista es un niño de once años que, a su temprana edad, es imposible que algo más pueda irle a peor. Sin una familia que quiera hacerse cargo de él, acaba siendo internado en una prestigiosa escuela de música gracias a su increíble talento vocal. Allí tendrá que enfrentarse a las duras exigencias del profesor del coro –Dustin Hoffman– y a la malicia y envidias de sus repelentes compañeros.
A medio camino entre Los chicos del coro y Whiplash, nos recuerda demasiado a otros films, incluso puede trasladarnos en algunos momentos a ese sentimiento de abandono que se apoderaba de Harry Potter, especialmente en los días de navidad en los que se quedaba solo en la escuela. Algo muy similar le ocurre al niño prodigio de El coro.
El mayor fallo de este drama musical es la falta de giros argumentales que nos llevan a predecir cada suceso, no hay ni un ápice de sorpresa en todo lo que ocurre en esta historia. Por contra, si algo podemos agradecerle al film es el haber descubierto a un magnífico Garrett Wareing, que en su primer papel cinematográfico demuestra un chorro de voz y una calidad interpretativa de diez. Por su parte, Dustin Hoffman ofrece una clase magistral de interpretación muy por encima de las posibilidades del guión y Kathy Bates nos brinda algunos de los momentos más brillantes y simpáticos del film.
El coro nos deja con una sensación agridulce, podría haber sido mucho más y, pese a todo, hace que nos sintamos satisfechos gracias a unos actores soberbios y a una selección musical pensada para el deleite del espectador con el oído más fino.