Tony Kaye es un inglés de aspecto extravagante a quien nadie vincularía con American History X (1998), contundente película de discreto recorrido comercial pero cuya aceptación popular ha elevado a categoría de culto a lo largo de estos años. Trece años han pasado desde aquella y la que nos ocupa, y de ambas es responsable este señor, consagrado todo este tiempo a films de escaso calado y algún documental. Con El profesor (apagada traducción del original, Detachment, apatía, indiferencia) vuelve a ser un director de primera línea y con posibilidades de llevar a su estrella protagonista a los Oscar, como ya ocurrió con Edward Norton en el título mencionado.

La historia es corriente: la de un docente sustituto (Adrien Brody) que llega a un instituto con alumnos, en su mayoría, problemáticos. Hay una impertérrita directora (Marcia Gay Harden), una vulnerable y dulce maestra (Christina Hendricks), una psicóloga frustrada (Lucy Liu), un veterano que esquiva las tropelías de los jóvenes con sentido del humor (James Caan)…

Es fácil ver que el argumento acumula tantos tópicos –por no mencionar a la alumna marginada y con sensibilidad artística o a la prostituta adolescente de gran corazón- como nombres conocidos. Pese a todo, la cinta no se agarra a la anécdota. De hecho, y sin pertenecer al género, es una de las películas más terroríficas de este año. El dolor y la intensidad tan extremos que se muestran pueden llegar a sobrecoger al espectador.

El mérito de tal experiencia hay que repartirlo entre su director, cuyo estilo sigue siendo tan efectista como en la ópera prima con la que deslumbró, pero igualmente expresivo, y su protagonista, un Adrien Brody lleno de resentimiento pero también de buenas intenciones. Su ambiguo papel –su profesor está bastante lejos de, por ejemplo, el de El club de los poetas muertos- le brinda la oportunidad de ofrecer una interpretación demoledora. Un trabajo que podría ayudarle a encarrilar su carrera, desorientada entre títulos sin importancia y papeles jugosos pero menores, como su Dalí en Midnight in Paris.

Sobra decir que el conjunto de secundarios muestra la corrección que se espera de tamaños profesionales. Quizá la más destacada sea Christina Hendricks, cuya labor consigue elevarse por encima de sus curvas y componer un frágil y desamparado personaje, oculto tras una sonrisa.

El profesor no deja de ser otra producción de docente enrollado y alumnos que empatizan con él. No obstante, su estreno es oportuno y plantea algunas cuestiones fundamentales, entre ellas la excesiva responsabilidad que los padres depositan en los educadores de sus hijos. El director elude, acertadamente, cualquier juicio, y culmina la historia con unas imágenes metafóricas poderosísimas e inolvidables en su hermosura. Por Jesús Blanco