Apenas ha llegado a los cines Skyfall, última entrega de una saga aún viva de milagro, y ya se ha dicho todo sobre ella. Todos los medios han anotado una y otra vez el medio siglo transcurrido desde el primer film de Bond, la interpretación del villano por parte de un actor español –como en la última entrega-, la dirección de alguien tan prestigioso pero en principio tan poco apropiado como Sam Mendes… La pregunta es: ¿merece el título semejante cacareo mediático? La respuesta es un contundente sí.

La secuencia inicial, una ditirámbica persecución a pie, en coche y tren a través de Estambul, llama la atención por su espectacularidad. El espectador se pregunta si el resto del metraje mantendrá semejante nivel. Y, de repente, un disparo desacertado. Un agente que cae en combate.

Cuanto más virgen de información de esta última entrega se entre, mejor. Uno puede presentarse con el mayor escepticismo y contemplar asombrado cómo la película va destruyendo todos los prejuicios. Los golpes de humor son los justos: se evita esa molesta tendencia de los films de acción a hacer chistes pésimos en los momentos en los que nadie se reiría.

Persecuciones, tiroteos y medios de transporte que explotan y descarrilan se suceden para disfrute de todos. Se renueva el concepto de chica Bond, se recupera al informático Q, se cambia de escenario sin descanso y se incorpora a un malvado de altura, lejos de los psicópatas inventores que han desfilado a lo largo de las 23 películas. Aunque no por humano resulta este personaje menos aterrador.

Y cuando ya parece que director, guionistas e intérpretes no pueden llegar más lejos, la trama da un astuto giro, digamos, victoriano, que conecta al personaje con su pasado, que profundiza sin dejar caer el interés ni el fabuloso ritmo.

Por tanto, es difícil hablar de Skyfall sin perderse entre alabanzas: desde esa clásica escena inicial antes de los créditos –soberbios, con una canción que se incorpora a las grandes de la saga-, hasta el final, la calidad es altísima, todo el equipo da lo mejor de sí mismo, y lo más importante, se goza de principio a fin. Una reverencia.