Siempre he creído innecesaria la invención de una máquina del tiempo. Una balada pop de los ’90, el olor a canela de alguna antigua receta materna o los simples recuerdos nos transportan con mayor fuerza a un pasado presente que cualquier otro artefacto por inventar. Todos ellos nos abren la puerta a esa caja de los tesoros donde el tiempo no varía, pero sí sus componentes. Continuamente. Porque las luces se encienden, la pantalla se apaga, y sé que En un lugar sin ley he encontrado otro componente inesperado de mi particular caja (cinéfila).
Como un artefacto perdido recién desenterrado y a la espera de ser encontrado, se convierte en una inesperada joya por la que el tiempo no pasa ni pasará, y que basándose en obras como Malas tierras, redescubre los orígenes de Terrence Malick y homónimos en época, mientras invita a deleitarnos con el considerable talento del prometedor David Lowery.
Como la respuesta al ‘¿qué pasó después del final de ‘Bonnie & Clyde’?’, En un lugar sin ley parte de una premisa sencilla, la relación entre dos jóvenes fugitivos, para desarrollar un argumento, la detención de él y su evolución a lo largo de los años por encontrarse el uno al otro y a su hija, que sirve como pretexto para entrelazar una red de sentimientos hipnótica.
Un magnífico envoltorio donde prima la apariencia, que no permite que el contenido le robe protagonismo en ningún momento. Cuánta belleza visual por fotograma. Cuánta persuasión esconde cada elemento capturado tras la lente, cuánto estímulo provocado que será difícilmente olvidado. Ese buen gusto continuo acompaña a una brumosa atmósfera, oscilante entre lo misterioso y lo dramático, que en ocasiones recae en exceso en el mero homenaje.
Como un malabarista a punto de empezar su función, Lowery trata de equilibrar lo icónico con lo propio, equilibrando esa balanza entre el puro intento y el acierto. Su calidad visual hipnótica evoca al mencionado Malick, pero su guión es más fuerte, más accesible, el punto a favor de la denominación de esta ópera prima como propuesta fuerte e interesante.
La singularidad de la propia película se refleja en ese festín de géneros que termina siendo y que carece de los problemas del querer abarcar demasiado, pero que no consigue traspasar a las emociones, transmitidas pero carentes del vínculo emocional que el espectador puede necesitar.
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La mano firme en la dirección se deja entrever tras las interpretaciones de un contenido silencio. Casey Affleck vuelve a demostrar su comodidad en lo enigmático, en lo críptico, encerrándose a sí mismo pero mostrando las sensaciones de su personaje en cada momento. Como ya hiciera en Out of Furnace, su intensidad se transmite al espectador, en detrimento de la de secundarios y resto del elenco.
Rooney Mara, la salvaje y prometedora Rooney Mara, se contiene en exceso, desafiando en ocasiones a Kristen Stewart y a ese reino de la inexpresividad que representa. Frustrante en ocasiones, excesiva en otras, siempre carente de la soberbia delicadeza que su personaje representa. Como una carretera sin fin, como un viaje donde lo importante es el trayecto y no el destino, En un lugar sin ley se muestra sin complejos, natural, como la vida. No hay atajos. No hay respuestas simplistas, ni una solución carente de complicaciones.
Es lenta, frustrante, delicada, pero ante todo, real. La intensidad y belleza visual de cada plano, la innegable química entre el dúo protagonista, pese a su escasez de escenas conjuntas, o esa delicada composición de formas, colores y texturas que se entrelazan en el lado más puro del interior de América. Lo salvaje de una de las películas indies del año que muestra el potencial que este género puede traer (y trae) a la industria cinematográfica.
Lo destacable de un director con talento y una larga carrera por delante. Tiembla, séptimo arte. Llega el nuevo aspirante al trono del cine indie.