La física está en boga. Desde que en el verano de 2012 se descubriera el Boson de Higgs, nuestra cosmovisión se ha tambaleado y muchas son las incógnitas aparecidas en los últimos tiempos con respecto al origen del Universo. Y entre este maremagnum de físicos divididos y enigmas galácticos por resolver, hace su aparición estelar el cineasta Tony Krantz.
El productor de Felicity y 24 protagoniza su tercera incursión en la gran pantalla de la mano de La partícula de Dios (The Big Bang), un rocambolesco film de pretendido cine negro con serias dificultades para encontrar seguidores. Ned Cruz (Antonio Banderas) es un fracasado detective privado en plena crisis existencial cuya vida dará un vuelco cuando un misterioso ex convicto ruso llama a su puerta para encomendarle una misión: encontrar a Lexie Persimmon, una bella bailarina nocturna con la que ha mantenido una relación epistolar durante su estancia en prisión pero que ahora está extrañamente desaparecida.
La búsqueda llevará a Cruz a tomar contacto con personajes de los bajos fondos de Los Ángeles y dejará un reguero de sangre tras sus pesquisas, que pronto convertirá el caso en mucho más que una bailarina desaparecida. Así, el detective se verá envuelto en un bucle de personajes siniestros e inconexos, esperanzas frustradas y delirios de la física moderna cuyo punto de intersección es siempre Lexie Persimmon. Y sin embargo, ella parece haberse evaporado de la faz de la Tierra.
Pues bien, a pesar de su apariencia de perfecta trama noir, la cinta se desinfla desde su primera escena debido a su ambición excesiva y por carecer de uno de los pilares fundamentales de todo cine que se precie: Personajes. La partícula de Dios es un desfile de meros arquetipos planos y continuamente sobreactuados que, en lugar de atrapar al espectador, lo condenan al aburrimiento y a la desesperación.
No obstante, el cartel cuenta con un buen manojo de nombres conocidos como Delroy Lindo, Snoop Dogg o Sam Elliott. El único salvable aquí es Antonio Banderas ya que sin él, el largometraje perdería a su público en el primer fotograma. Con un comienzo in media res en un oscuro sótano copado por polis malos y humo de tabaco, y un montaje con más vocación estética que intrigante, e incluso con giros de pretendida sensualidad que apenas rozan el erotismo, abarca mucho y recoge muy poco.
Por si no fuera suficiente, su guión es difícilmente defendible por sus más que previsibles diálogos, interrumpidos aleatoriamente por lecciones de física desconectadas de la narración enmarcada. Pero tal vez La partícula de Dios sea una cinta visionaria y rompedora y por ello no hemos entendido nada. En cualquier caso, yo no me quedaría a un segundo asalto.