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Con el otoño llegan los días fríos, y con ellos, las ganas de ir al cine a ver algo bueno. Estos meses venideros son para mí, en los que más jugosa se encuentra la cartelera, donde comienzan a surgir películas que quieren optar a los galardones más importantes, tanto nacionales como internacionales. En el caso que nos ocupa, hablaremos de una cinta que apuntaba alto, y que llega a nuestras salas con el aval que supone el ser la ganadora de la Palma de Oro del sexagésimo sexto Festival de Cine de Cannes.

Creo que no es necesario hablar sobre la categoría de este festival, donde cada año piden cita las mejores «joyitas» del cine tanto europeo como internacional. En resumidas cuentas, parece que La vida de Adèle dejó a todos con la boca abierta, y no es para menos. El tunecino Abdellatif Kechiche dirige y firma una obra maestra, donde da rienda suelta a los sentimientos, al sexo y a lo que es la vida en general, tan cálida y emocionante como a veces resulta, así como fría y dura es otras veces.

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En estos sentidos, me quito el sombrero ante Kechiche, pues pocas veces he visto en una película ese grado de autenticidad a la hora de filmar sexo, o, simplemente, a la hora de filmar a dos personas enamoradas. La vida de Adèle es, desde mis ojos, belleza en cada plano, una belleza que también complementa a la fealdad de las dudas adolescentes. El director sabe cuales son los problemas de los adolescentes de hoy en día, y a partir de ellos crea a Adèle, la protagonista de esta asombrosa y maravillosa historia de amor.

Quizás justo ahora sea el momento óptimo en el que llega La vida de Adèle, pues parece una de esas películas que el tiempo nos regala, de esas que solo pare el cine cada cierto tiempo y que te desarma. Es obvio que el film creará controversia en naciones y en espectadores, pero esa controversia no superará a las emociones memorables que se sienten disfrutando de este drama.

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Yo fui de los primeros que pequé del hablar sin saber, y ya supuse que me esperaban 3 horas eternas en las que no dejaría de moverme en la butaca, sin embargo, después de esas horas, exclamé: ¿Y esto es todo?. Me supieron a poco, porque no hay escena, no hay secuencia alguna que esté de más en el metraje. El reparto es sorprendente, por lo prodigioso de sus dos protagonistas.

Debo empezar por la que no conocía: Adèle Exarchopoulos, que hace algo más que bordar su papel. Gracias a Kechiche, conseguimos meternos dentro de la piel de Adèle, de oler sus besos, de sentir su respiración al dormir con esos planos… No me extrañaría nada, que en poco tiempo, esta francesa de 19 años se consolidara como estrella más allá de las fronteras de su Francia natal.

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Durante la película, el personaje de Adèle sufre cambios, se hace mayor y su personalidad muta, y la actriz logra lidiar con todo eso. No hay duda de que esta actriz ha dejado huella en la película, y que posiblemente con el tiempo, se aprecie aún más su trabajo en ella. Se complementa muy bien con Léa Seydoux, una actriz más internacional que Exarchopoulos, al menos de momento.

Seydoux ha trabajado con directores de la talla de Quentin Tarantino, Ridley Scott o Woody Allen, y utiliza su experiencia para meterse en un papel totalmente diferente de los que ha llevado a cabo hasta ahora. Encarna a Emma, la pareja de Adèle. Su interpretación también es fuera de serie, y también Kechiche influye en que el espectador la vea como realmente es.

Devastadora, sincera, emocionante… La vida de Adèle es una experiencia que te transmite placer y dolor al mismo tiempo. Posiblemente sea una de las mejores películas he visto, con unas escenas de sexo que muy pocos cineastas se han atrevido a filmar. Una película 10. Es una pena que la productora, Renoir, haya decidido no presentarla como candidata por Francia a la categoría de mejor película de habla no inglesa en la próxima edición de los Oscar, ya que creen que es una categoría menor que el resto y que poco aportaría a la Palma de Oro que ya tiene en su haber.