Una pastelería en Tokio (An) cuenta la historia de Sentaro, quien regenta una pequeña pastelería en la que se prepraran dorayakis (un pastel relleno de una masa llamada an). A la oferta de trabajo que anuncia en busca de un ayudante se presenta un anciana cargada de simpatía y buenas intenciones. Pese a una negativa inicial, Sentaro acepta a la anciana tras probar su deliciosa receta de an. Los buenos resultados hacen que el negocio se dispare al tiempo que los dos protagonistas y una joven clienta inician una amistad inquebrantable.

El film de Naomi Kawase es todo delicadeza. Ese cariño que se desprende de sus protagonistas es el mismo que se percibe por parte del director a la hora de realizar un trabajo lleno de dulzura, algo indispensable para adentrarse en las diferentes temáticas que abarca. Lástima que, en ocasiones, parece que esa delicadeza se ha confundido con un ritmo exageradamente pausado. A ello se le suma que en todo momento ocurre lo inevitable, dejando la historia sin sorpresas que reclamen la atención del espectador.

Una pastelería en Tokio

Puede que se trate de un tema de diferencia entre culturas, pero el hecho es que durante 113 minutos de película se me pasaba una sola frase por la mente: «chicos, como no os deis brío me quedo traspuesta en la butaca». Y sabe mal, porque el fondo de la historia y la ternura de sus protagonistas resultan tremendamente embriagadores.

Así pues, todo depende de lo cercanos o alejados que os sintáis de esa parsimonia tan oriental. Si va con vosotros os llegará al corazón, si no es el caso la elaboración de esos dorayakis no será más que una dulce y soñolienta nana.