La visión cinematográfica de David Trueba es una constante de anhelos. Trueba consigue en su última película inocular a sus personajes bondad. Es el prototipo de director que se dirige al público de forma honesta, mostrándoles aquello que este, en aras de un futuro mejor que el que tiene en estos momentos, quiere ver en una pantalla de cine. Trueba es un director positivista, en este sentido es nuestro Frank Capra, consigue el emparejamiento perfecto entre actor-espectador.
La elección de una historia como la que nos cuenta, es ya de por sí sola significativa: pretende establecer una comunión entre una estrella musical y los estudiantes de una escuela de una pequeña capital del estado. Esta premisa resume el talante de un director que no tiene miedo a parecer edulcorado. Trueba se saca de encima cualquier tipo de prejuicio y rueda lo que le sale del corazón, convirtiéndose, además, en un fotógrafo excelso de una época concreta de este país.
Trueba muestra en Vivir es fácil con los ojos cerrados la vida tal y como era antaño, consigue aunar en menos de dos horas una cantidad enorme de personajes eclécticos, va desde los grises hasta el pobre niño de pueblo almeriense, pasando por las duras condiciones de trabajo del sur de España, siguiendo por la ignominiosa actitud de los curas en las escuelas o los perversos centros de acogida para las jóvenes mujeres embarazadas.
Tras todo esto esta la libertad. Los actores de la película recuerdan a alguna triste canción de Springsteen, la huida es su única salida. Los estereotipos que nos dibuja la película no son tampoco escogidos al azar: el joven que se revela contra su padre, la joven que no quiere perder a su hijo, el profesor que, aunque enamorado de su profesión, recela de su vida y decide emprender una aventura casi demencial, el hombre que se enamora y que por amor va donde su corazón se lo indica, sin rumbo establecido. Huir, escapar.
Y es que su Ítaca no es otra cosa que Lennon, e incluso esta elección no es al azar: representaba todo aquello que el sistema despreciaba, él era el salvador de las almas y las actitudes de los jóvenes que no renunciaban a una vida distinta a la que les había tocado vivir. La elección de actores es sobresaliente, como normalmente ya lo son en las películas del director madrileño. Javier Cámara se encuentra en un momento de forma espléndido, con unos diálogos brillantes y con una pátina de buen tipo que logra que la pequeña hermandad que forma con sus acompañantes jamás consiga venirse abajo.
La joven Natalia de Molina (prácticamente una desconocida) se desenvuelve realmente bien no solo como próxima madre prematura sino también como nexo de unión entre los dos actores masculinos, el amor que desprende es sincero, equidistante entre los dos, y sin embargo distinto. El niño de Pa negre, Francesc Colomer se hace mayor y refleja perfectamente la inseguridad de los adolescentes en una época en que revelarse significaba ser golpeado.
Si bien es cierto que el guión en alguna fase tiene alguna laguna, el bloque en conjunto gira muy bien, Vivir es fácil con los ojos cerrados denota amor al cine, a la música y a la libertad.