Una dama en París, del realizador Ilmar Raag, cuenta el vínculo entre Frida, una anciana estoniana que emigró a París cuando era una niña, y Anne, su nueva cuidadora, traída expresamente de su país natal.
Los planos pertenecientes a las primeras secuencias nos muestran la Estonia fría en la que vive Anne –Laine Mägi-, mujer divorciada de un alcohólico, que cuida a su madre enferma de alzheimer. Podemos ver la soledad a la que se enfrenta, con su hermana y sus dos hijos fuera de casa, pues la fotografía y la puesta en escena de la casa funcionan muy bien, haciendo que el espectador se meta en el relato e incluso llegue a empatizar, sin apenas conocerla, con Anne.
Tras el fallecimiento de su madre, recibe el encargo de cuidar de una anciana que desde que tenía diez años vive en la capital francesa, y por lo tanto no mantiene muchas relaciones con el que fue su país. A pesar de las dudas, decide aceptar el encargo, pues en su casa no le queda nada que la retenga.
Cuando llegamos a París, nos encontramos con Frida, interpretada por una Jeanne Moreau, capaz de sacarnos de nuestras casillas tanto como a Anne. Esta anciana rechaza tanto sus orígenes como a cualquier cuidadora, por mucho empeño que pongan. Además, solo le queda un amigo, Stéphane, mucho más joven que ella, que había sido su amante. Él se encarga de pagar a Anne, ya que se siente en deuda porque el bar que regenta había sido propiedad del marido de Frida, y ésta se lo ofreció tras su muerte.
Todo el film se centra en los choques de estas dos mujeres, incapaces de mantener una relación estable. Algunas secuencias intentan explicarnos el porqué del comportamiento de Frida, su pasado, sus miedos… pero no parecen calar hondo en el espectador, que simplemente se deja llevar por el devenir –lento- de los acontecimientos. No es hasta el final de la cinta, que empezamos a sentir compasión por la anciana. Mejor dicho, por lo que fue y echa de menos.
Lo que más podemos alabar, sin duda, es la interpretación del trío protagonista, destacando por encima la más que experimentada Jeanne Moreau. También hay que decir que el trabajo de dirección de arte ha sido muy cuidado, igual que el vestuario, lleno de contrastes entre Anne y Frida, lo que ayuda a mostrarnos la personalidad de cada una y, sobre todo, de dónde vienen. Eso sí, se echa de menos más vistas de París, tan solo disfrutamos de la bella ciudad en alguno de los paseos nocturnos de Anne, o en las idas y venidas del bar de Stéphane, a la casa principal.
Se trata de una película para saborear lentamente, pensarla y dejarse llevar.